Tegucigalpa, Honduras – El Hospital Escuela, bastión de la salud pública hondureña y principal centro de referencia del país, se encuentra sumido en una crisis humanitaria sin precedentes que ha dejado sin atención a miles de pacientes, mientras las autoridades y el personal médico señalan causas opuestas para el colapso.
Las imágenes de hombres, mujeres y niños acostados en camas improvisadas en los pasillos, familiares durmiendo en el suelo y médicos trabajando sin equipos básicos han convertido a este centro en el rostro visible de la descomposición del sistema sanitario nacional.
La crisis afecta a todos los servicios del hospital, desde la emergencia hasta las cirugías programadas. Leticia Amador, una mujer de 45 años que lleva tres días en el centro con su esposo, relata su desesperanza: «Llegamos el lunes porque tenía un problema grave en el abdomen.
Lo atendieron rápido en la emergencia, lo evaluaron y dijeron que necesitaba operación urgente. Programaron la cirugía para el miércoles pasado, pero a última hora cancelaron todo – no había sangre.
Ahora nos dicen que tal vez tengamos que esperar otra semana, y yo no sé si él aguanta». Su esposo permanece en una silla de ruedas en el pasillo, sin cama disponible, mientras los médicos intentan estabilizarlo con medicamentos limitados.
Desde el sur del país llegó Amalia Fúnez, madre de una niña de 7 años con una infección grave en el ojo. Viajó más de 200 kilómetros con la esperanza de que el Hospital Escuela pudiera salvar la vista de su hija: «Me dijeron en mi pueblo que aquí era el único lugar que podía hacer la intervención.
Pero cuando llegamos, el médico me informó que no tenían las ampollas para la anestesia local. Les ofrecí comprar las ampollas yo misma, fui a farmacias en todo Tegucigalpa, pero en ninguna las tenían. ¿Cómo es posible que el mejor hospital del país no tenga insumos básicos para operar a una niña?».
Las autoridades hospitalarias atribuyen la crisis a un «volumen de pacientes sin precedentes». Gerardo Castejón, jefe de Servicios de Emergencia, explica que su área está recibiendo más de 300 pacientes diarios, casi el triple de su capacidad designada de 120 personas por día: «El sistema colapsa por la sobrecarga.
Nuestros recursos humanos y materiales no están preparados para atender a tantas personas». Consultado sobre la escasez de sangre, un portavoz del hospital confirmó que el banco de sangre opera con menos del 30% de su capacidad requerida, necesitando 80 unidades diarias para cubrir la demanda.
Sin embargo, el personal médico contradice esta versión. Dr. Darío Zúniga, presidente del sindicato de trabajadores del hospital, denuncia que se trata de «décadas de negligencia, no de demasiados pacientes»: «Tenemos autoclaves que no funcionan desde hace meses, por lo que no podemos esterilizar instrumental.
El servicio de lavandería colapsó, así que tenemos montones de sábanas contaminadas. En las últimas dos semanas tuvimos que cancelar más de 40 cirugías no por falta de médicos, sino por no tener gasas, guantes quirúrgicos o alcohol. Esto no es sobrecarga, es sabotaje sistemático al sistema de salud».
La crisis en el Hospital Escuela refleja un problema nacional. Según informes de organizaciones civiles, entre 2024 y 2025 el presupuesto para salud se redujo en un 5,3%, equivalente a 2.198 millones de lempiras (85,5 millones de dólares), mientras que entre 2022 y 2024 se dejaron sin ejecutar 5 mil millones de lempiras (194,5 millones de dólares) destinados al sector.
Paralelamente, el gobierno invirtió 23.000 millones de lempiras en la construcción de siete nuevos hospitales que aún no están terminados, mientras los existentes se deterioran.
La situación ha generado indignación entre la población y el personal médico, quienes advierten que la vida de miles de hondureños corre peligro. «No estamos en condiciones de atender ni a una emergencia grave», afirma una enfermera que prefirió mantener el anonimato por temor a represalias.
«El otro día tuvimos un caso de hemorragia cerebral y no teníamos aspirinas. Le dimos paracetamol y esperamos. Murió».
Mientras las negociaciones entre el gobierno y los médicos continúan sin resultados tangibles, en los pasillos del Hospital Escuela el reloj sigue ticking para pacientes como el esposo de Leticia Amador y la hija de Amalia Fúnez – víctimas colaterales de un sistema de salud que se derrumba mientras sus responsables buscan culpas en lugar de soluciones.


