Por: José Eliécer Palomino Rojas
Hay historias que el tiempo no debería borrar. Historias que permanecen escondidas entre documentos, fotografías amarillentas, testimonios familiares y recuerdos de quienes alguna vez se desplazaron desde los distintos puntos cardinales donde se encontraban sus escuelas y colegios, para cumplir con una misión que, más que un empleo, ha sido históricamente una forma de servir a la sociedad.
Hablar de la historia de los maestros de la educación pública en Colombia es también hablar de las dificultades que acompañaron durante décadas el ejercicio de enseñar. Es adentrarse en una época en la que ser maestro no significaba necesariamente contar con un salario estable, una vinculación laboral segura o las garantías que hoy asociamos con el ejercicio de la profesión docente.
Durante buena parte del siglo XIX y de las primeras décadas del siglo XX, la organización de la educación pública estaba atravesada por las estructuras políticas, administrativas y económicas de cada época. Los recursos destinados a las escuelas dependían, en buena medida, de las rentas disponibles en los territorios y de las decisiones de las autoridades responsables de administrarlas.
Y aquí aparece una de las páginas que quizá más hemos olvidado:
¿Cómo se les pagaba a los maestros?…
No siempre como hoy.
En determinados períodos y territorios, la remuneración podía efectuarse mediante dinero, pero también mediante productos o especies. Entre esas formas de pago aparecen referencias históricas a productos como tabaco y aguardiente, vinculados a las rentas y mecanismos económicos de aquellos tiempos.
Es decir, el maestro podía recibir como remuneración aquello que la administración o la comunidad tenía disponible, en una sociedad donde el dinero circulante no tenía la presencia que tiene en la economía contemporánea.
Pero la situación podía ser todavía más compleja.
Los pagos podían retrasarse durante largos períodos y, en determinados casos, los docentes debían recurrir a los productos recibidos para comercializarlos y obtener con ello el dinero necesario para sostener a sus familias.
Resulta difícil imaginar hoy aquella escena: un maestro que durante el día se encontraba frente a sus estudiantes enseñando las primeras letras, las operaciones matemáticas o las normas de convivencia y que, al terminar su jornada, debía pensar cómo convertir en dinero aquello que había recibido como forma de remuneración.
No se trata de pintar una escena romántica del maestro sacrificado.
Se trata de mostrar una realidad histórica.
El maestro enseñaba, pero también tenía que sobrevivir.
Y mientras enseñaba, esperaba.
Esperaba que llegara el pago.
Esperaba que los recursos fueran girados.
Esperaba que las autoridades cumplieran.
Esperaba que su trabajo, indispensable para la sociedad, fuera reconocido también en términos materiales.
En aquellos años, los mecanismos de nombramiento y remuneración tampoco respondían a la estructura de carrera docente que conocemos actualmente. Las autoridades territoriales tenían una participación importante en la administración de las escuelas y en la designación de quienes estaban al frente de ellas, de acuerdo con las normas y estructuras políticas vigentes en cada período.
Por eso, para comprender la historia del maestro colombiano, no basta con preguntar cuánto ganaba.
Hay que preguntar también:
¿Quién lo nombraba?
¿Quién administraba los recursos destinados a su pago?
¿Quién podía decidir sobre su permanencia?
¿Qué ocurría cuando el dinero no llegaba?
Estas preguntas permiten entender que el problema no era solamente salarial.
Era también un problema de dignidad, estabilidad y reconocimiento profesional.
Cuando la inconformidad comenzó a organizarse
Pero las dificultades no desaparecieron en silencio.
Allí comenzó a nacer otra historia: la historia de la organización del magisterio.
Los maestros fueron comprendiendo que los problemas que cada uno enfrentaba de manera individual también podían ser problemas colectivos. Los retrasos en los pagos, las condiciones laborales, la falta de garantías y el reconocimiento de la profesión fueron creando una conciencia que poco a poco pasó de la inconformidad individual a la organización colectiva.
Antes de que existieran las grandes estructuras sindicales que hoy conocemos, los educadores fueron creando gremios, sociedades de ayuda mutua, asociaciones y diferentes formas de organización.
Eran las primeras semillas de una lucha que no se limitaba a conseguir mejores ingresos.
Era una lucha por la dignidad del maestro y por el reconocimiento de la educación pública como un derecho y una responsabilidad social del Estado.
Porque un maestro que no recibe oportunamente su salario no solamente enfrenta una dificultad económica.
También recibe un mensaje sobre el valor que la sociedad le concede a su trabajo.
Y cuando esa situación se repite, la inconformidad deja de ser individual.
Se convierte en organización.
Se convierte en protesta.
Se convierte en lucha.
Antioquia y el nacimiento de ADIDA
En Antioquia, ese proceso tuvo uno de sus momentos fundamentales con la creación de la Asociación de Institutores de Antioquia, ADIDA, constituida el 15 de noviembre de 1951.
La propia organización registra que un grupo de docentes y directivos docentes se reunió para defender los intereses y necesidades del gremio y buscar mejores condiciones profesionales y laborales.
ADIDA no apareció de la nada.
Fue parte de un proceso que ya venía acumulándose.
Detrás de aquella reunión estaban las experiencias de maestros que habían conocido las dificultades del ejercicio docente, los problemas relacionados con sus condiciones laborales y la necesidad de encontrar una voz colectiva.
La creación de una organización gremial significaba entonces algo más profundo que establecer una asociación.
Significaba decir:
el maestro también tiene derechos.
Significaba reconocer que quien educa a las nuevas generaciones merece condiciones dignas para realizar su trabajo.
Y significaba comenzar a construir una voz colectiva frente a las autoridades.
FECODE: una voz nacional.
Años después, el 24 de marzo de 1959, nació la Federación Colombiana de Trabajadores de la Educación, FECODE, como resultado de un proceso de articulación y fusión de diferentes organizaciones docentes.
La organización del magisterio adquiría así una dimensión nacional.
Los problemas que durante años habían sido enfrentados de manera local comenzaron a encontrar un escenario colectivo más amplio.
Ya no se trataba solamente de lo que ocurría en una escuela, un municipio o un departamento.
Se trataba de discutir el lugar del maestro dentro del Estado colombiano y de reclamar condiciones laborales acordes con la responsabilidad social de educar.
La lucha por el salario comenzó a estar acompañada por otras reivindicaciones: estabilidad laboral, seguridad social, formación, condiciones de trabajo y defensa de la educación pública.
La palabra dignidad comenzó a adquirir un significado político y social dentro de la historia del magisterio.
La Marcha del Hambre…
Y llegaría uno de los episodios más fuertes y recordados de esta historia: la Marcha del Hambre de 1966.
Maestros provenientes de diferentes regiones del país emprendieron una larga movilización desde distintos territorios, hasta Bogotá para llamar la atención de Colombia sobre las difíciles condiciones salariales y laborales que enfrentaban.
La expresión “Marcha del Hambre” no fue una exageración literaria.
Representaba una realidad.
Diversas fuentes vinculadas a la memoria del movimiento sindical docente señalan que numerosos educadores llevaban meses sin recibir sus salarios.
Entonces los maestros dejaron las aulas y emprendieron la marcha.
Se desplazaron desde sus lugares de origen hacia la capital del país para hacer visible una situación que, de otra manera, podía continuar escondida detrás de las paredes de las escuelas.
Aquellos maestros no marchaban únicamente por un vale o cheque atrasado.
Marchaban porque detrás de un salario había una familia.
Detrás de una familia había necesidades.
Y detrás de esas necesidades había una pregunta mucho más profunda:
¿Cómo puede exigirse al maestro que eduque para construir el futuro de Colombia mientras el propio Estado no garantiza dignamente las condiciones de quien tiene esa responsabilidad?
La Marcha del Hambre se convirtió así en uno de los símbolos históricos de la lucha del magisterio colombiano.
La escuela, por unos días, salió de las aulas y llegó a las carreteras.
El maestro dejó de ser solamente quien enseñaba.
Se convirtió también en quien reclamaba.
En quien marchaba.
En quien hacía visible su realidad.
En quien decía que educar y defender la dignidad profesional no eran asuntos separados.
Una larga marcha por la dignidad
La historia, entonces, puede mirarse como una larga marcha.
Una marcha que comenzó con maestros que trabajaban en condiciones difíciles, con remuneraciones que en determinados momentos podían hacerse mediante dinero, productos o especies; que atravesó períodos de retrasos salariales y dependencia de estructuras administrativas locales; que pasó por las sociedades de auxilio, los gremios y las primeras asociaciones; que encontró en ADIDA y posteriormente en FECODE nuevas formas de organización; y que continuó mediante movilizaciones, debates, paros y reivindicaciones relacionadas con los derechos laborales y la defensa de la educación pública.
Pero no fue una marcha lineal.
También hubo diferencias, discusiones, posiciones políticas encontradas y distintas maneras de entender el rumbo del movimiento docente.
El sindicalismo del magisterio, como cualquier organización humana, ha tenido tensiones internas y debates sobre sus métodos, sus dirigentes y sus estrategias.
Reconocer esas diferencias no significa desconocer las luchas históricas de miles de maestros.
Tampoco significa convertir esta historia en una defensa ciega de una organización o en una condena de quienes han participado en ella.
Esta crónica pretende algo distinto:
mirar el proceso.
Porque la historia de la educación pública no pertenece exclusivamente a dirigentes, gobiernos o sindicatos.
Pertenece también al maestro rural que debía desplazarse desde los distintos puntos cardinales donde se encontraba su escuela; a la maestra que enseñaba con pocos recursos; al educador que esperaba durante meses su remuneración; a las familias que confiaban sus hijos a la escuela; y a generaciones de docentes que comprendieron que organizarse podía ser una forma de defender no solamente su salario, sino también su dignidad.
El salario como expresión de dignidad…
Quizá aquí se encuentre una de las mayores enseñanzas de esta historia.
Hablar del salario del maestro no es hablar únicamente de dinero.
El salario representa también reconocimiento.
Cuando a un trabajador se le remunera oportunamente, la sociedad está reconociendo que su trabajo tiene valor.
Cuando se retrasa indefinidamente su remuneración, no solamente se afecta su bolsillo.
Se afecta su vida familiar, su tranquilidad y su dignidad.
Por eso las luchas salariales del magisterio fueron también luchas por reconocimiento.
El maestro no estaba pidiendo un privilegio.
Estaba reclamando que el trabajo realizado frente a sus estudiantes tuviera una contraprestación digna y oportuna.
La educación, la familia y la salud: ayer y hoy…
Pero la historia también nos permite hacer una comparación con el presente.
Aunque anteriormente la formación en los hogares estaba acompañada, en muchos casos, de una disciplina más estricta, de normas claras y de una orientación permanente por parte de padres y mayores, hoy pareciera que parte de esa autoridad y de esa disciplina se ha ido debilitando.
Algo semejante podría decirse de la atención en salud para los maestros.
En épocas anteriores existían, naturalmente, menos adelantos tecnológicos y científicos que los disponibles actualmente; sin embargo, en determinadas circunstancias, el maestro encontraba una atención que respondía a las posibilidades de aquel momento.
Hoy contamos con mayores avances médicos, tecnológicos y científicos, pero la oportunidad en la atención parece haberse convertido en otro motivo de preocupación.
Y resulta inevitable establecer una comparación que duele:
Ayer podía demorarse el pago del maestro; hoy puede demorarse su atención en salud.
Cambian los tiempos.
Cambian los recursos.
Cambian las instituciones.
Pero la espera continúa siendo una preocupación para quien dedica su vida a enseñar.
La educación pública también tiene memoria…
Hoy las circunstancias son diferentes.
Existen estatutos docentes, escalafones, concursos de méritos, sistemas de seguridad social, prestaciones y mecanismos jurídicos que reconocen derechos que durante otras épocas sencillamente no existían o no tenían el mismo alcance.
Pero esos derechos no aparecieron por generación espontánea.
Fueron construidos lentamente.
Fueron discutidos.
Fueron reclamados.
Y en algunos momentos fueron defendidos en las calles.
Por eso resulta peligroso mirar las conquistas actuales como si siempre hubieran existido.
La memoria histórica nos recuerda que hubo maestros que esperaron sus pagos, maestros que recibieron formas de remuneración que hoy parecen insólitas, maestros que organizaron asociaciones, maestros que protestaron y maestros que emprendieron largas movilizaciones para exigir ser escuchados.
Y la historia continúa
En pleno siglo XXI, las circunstancias han cambiado, pero algunas preguntas permanecen abiertas.
¿Qué significa dignificar realmente la profesión docente?
¿Puede hablarse de calidad educativa sin hablar de las condiciones en las que trabajan quienes enseñan?
¿Puede defenderse la educación pública sin escuchar la voz de sus maestros?
¿Puede una sociedad exigir resultados al maestro sin preguntarse primero si le está ofreciendo las condiciones necesarias para cumplir su misión?
Las respuestas seguirán generando debates.
También seguirán existiendo diferencias entre quienes piensan que la lucha sindical debe tomar un camino y quienes consideran que debe tomar otro.
Eso forma parte de la democracia y de la propia historia del magisterio.
Lo que no debería perderse es la memoria.
Porque cuando una sociedad olvida las dificultades que atravesaron sus maestros para conquistar derechos, corre el riesgo de mirar las conquistas actuales como si siempre hubieran existido.
Y quizá por eso resulta necesario desempolvar la historia.
No para buscar culpables donde los documentos no los señalan.
No para convertir el pasado en una batalla personal.
No para idealizar a unos ni condenar a otros.
Sino para recordar.
Recordar que hubo épocas en las que enseñar podía significar esperar meses por una remuneración.
Recordar que hubo momentos en los que el pago podía estar representado por dinero, tabaco, aguardiente u otras especies.
Recordar que hubo autoridades locales encargadas, según las estructuras administrativas de cada época, de intervenir en los asuntos relacionados con las escuelas y sus maestros.
Recordar que la inconformidad terminó convirtiéndose en organización.
Recordar que nacieron asociaciones.
Recordar que surgió ADIDA.
Recordar que nació FECODE.
Recordar que en 1966 los maestros emprendieron la Marcha del Hambre.
Y recordar, sobre todo, que los derechos laborales y la dignidad profesional del magisterio no fueron regalos caídos del cielo: fueron el resultado de procesos históricos, de organización, de reclamaciones y de luchas colectivas.
La historia del magisterio colombiano todavía tiene muchas páginas por escribir.
Quizá algunas permanecen archivadas en viejos documentos.
Otras sobreviven en la memoria de los maestros jubilados.
Y muchas permanecen en las conversaciones de quienes todavía recuerdan cómo era enseñar cuando el salario no llegaba, cuando las escuelas estaban lejos y cuando organizarse para reclamar un derecho podía significar enfrentarse a estructuras de poder mucho más grandes que el propio maestro.
Por eso hay que desempolvarlas.
Porque detrás de cada conquista existe una historia.
Detrás de cada derecho, una lucha.
Detrás de cada escuela, un maestro.
Y detrás de cada maestro, una dignidad que nunca debió estar en venta.














