Por: José Eliecer Palomino Rojas
“Cuando otros señalaban errores, él tendía la mano”.
La escena parece sencilla, casi silenciosa.
Un sacerdote se inclina.
Un muchacho levanta la mirada.
Dos manos se encuentran a medio camino.
No hay púlpito.
No hay castigo.
No hay distancia.
Solo diálogo.
Esa imagen de Don Bosco hablando de frente con un joven resume una revolución educativa que comenzó mucho antes de que el mundo pronunciara palabras como inclusión, acompañamiento o pedagogía preventiva.
Mientras la Europa del siglo XIX corría detrás de fábricas y máquinas, miles de adolescentes quedaban atrapados entre la pobreza, el abandono y la delincuencia. Las cárceles juveniles se llenaban más rápido que las escuelas. La sociedad los llamaba problema.
Juan Bosco los llamó hijos.
Y ese cambio de palabra cambió la historia.
No los buscó en salones elegantes ni en oficinas oficiales. Los encontró en callejones, talleres, estaciones de tren, patios grises donde la infancia se evaporaba demasiado pronto. Allí donde muchos veían peligro, él vio potencial. Donde otros imponían miedo, él ofreció confianza.
Su propuesta era escandalosamente humana:
antes de corregir, escuchar;
antes de castigar, comprender;
antes de exigir, amar.
Así nacieron sus oratorios, espacios donde el juego era tan importante como la oración, donde un balón podía salvar tanto como un libro, donde la disciplina no se imponía a gritos, sino a través del respeto. Don Bosco no educaba desde arriba: educaba desde la cercanía, a ejemplo del Maestro de Maestros Jesucristo.
Se agachaba para mirar a los ojos.
Como en la foto.
Ese gesto pequeño rompía la jerarquía. Le decía al joven: “Tu historia me importa”.
Y cuando un muchacho se sabe importante, cambia.
Muchos aprendieron a leer. Otros descubrieron un oficio. Otros, simplemente, encontraron un hogar. Don Bosco no solo formó estudiantes: resucitó destinos que la sociedad ya había dado por perdidos.
Su método, razón, religión y amor, no era teoría de escritorio. Era calle, presencia y acompañamiento diario. Sabía que la juventud no necesita sermones largos, sino adultos que permanezcan cuando todo se derrumba.
Y resulta inevitable pensar algo incómodo para nuestra época.
Don Bosco jamás conoció siglas como DUA o PIAR. No llenó formatos, no diligenció matrices, no archivó carpetas para demostrar inclusión. En su tiempo no existía esa fiebre administrativa que hoy parece medir la educación por formatos o documentos firmados. Sin embargo, entendía la inclusión mejor que muchos sistemas modernos.
A sus oratorios llegaban jóvenes con heridas invisibles: muchachos debilitados por el hambre, marcados por la guerra, con retrasos en el aprendizaje, con dificultades cognitivas o emocionales producto del abandono. Lo que hoy llamaríamos “población con necesidades educativas especiales”, él simplemente llamaba “mis muchachos”.
Y los atendía.
No con diagnósticos fríos, sino con presencia.
No con formatos, sino con acompañamiento.
No con teorías, sino con oportunidades reales.
Los formaba en oficios, en talleres, en habilidades para la vida. Les enseñaba a defenderse, a trabajar, a creer en sí mismos. Su inclusión no quedaba escrita en el papel: se notaba en el destino de cada joven que lograba salir adelante.
Quizá ahí nos duele la comparación.
Porque hoy, en plena era de planes individualizados, rúbricas y estrategias pedagógicas cuidadosamente redactadas, muchas veces la inclusión corre el riesgo de quedarse archivada en carpetas. Documentos impecables, sí… pero avances tardíos. Protocolos completos… pero estudiantes aún esperando atención oportuna.
La pregunta es inevitable:
¿Estamos educando personas o diligenciando formularios?
Don Bosco nos recordaría que ningún formato sustituye la mirada cercana, que ninguna estrategia funciona sin afecto y que ninguna política educativa tiene sentido si no transforma vidas concretas.
Porque la verdadera inclusión no se escribe. Se practica.
Más de un siglo después, su figura sigue interpelándonos.
Porque las calles todavía están llenas de muchachos invisibles. Cambiaron las fábricas por pantallas, televisores, celulares y plataformas digitales, pero no la soledad. Cambió la época, pero no la necesidad de alguien que crea en ellos.
Por eso Don Bosco no pertenece al pasado.
Pertenece a cada maestro que escucha.
A cada padre que acompaña.
A cada escuela que abraza antes de sancionar.
Porque educar no es controlar.
Es caminar al lado.
Quizá ahí esté la lección más urgente para nuestro tiempo: cuanto más profunda y objetivamente conozcan los docentes la realidad de sus niños y jóvenes, más vivamente se comprometerán, junto con los padres y las comunidades educativas, con sus verdaderas necesidades, sin depender exclusivamente de protocolos o formatos de inclusión. Porque cuando hay conocimiento real del estudiante, nace el compromiso auténtico.
Y cuando un educador aprende a leer la realidad de sus jóvenes, la educación deja de ser obligación y se convierte en esperanza.
Ahí comienza el gran milagro de la educación.
¿Educamos personas o solo llenamos formularios DUA y PIAR?
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