Por: José Eliécer Palomino Rojas
En una vivienda humilde de estrato tres, en territorio antioqueño colombiano, donde el tiempo no parece someterse del todo a la prisa contemporánea, una plancha al carbón sigue encendida. No es una reliquia decorativa ni una excentricidad doméstica: es una herramienta vigente en manos de Doña Marleny, quien, sin discursos técnicos ni nostalgias forzadas, la defiende con una certeza que interpela al presente.
En pleno siglo XXI, cuando la tecnología ha simplificado casi todos los oficios del hogar, surge una pregunta necesaria: Doña Marleny, ¿qué opinión tiene acerca de la plancha al carbón en pleno siglo XXI?
¡Ay no, maravilloso! Fueron y seguirán siendo las mejores. A mí me encanta esta plancha al carbón; es absolutamente maravilloso lo que uno hace con ella.
Su respuesta no proviene de la teoría, sino de la práctica. Mientras manipula el hierro caliente con destreza, deja ver que su confianza no es improvisada, sino heredada y comprobada en el uso diario.
En tiempos donde el consumo energético y la dependencia eléctrica, de batería o a gas, son temas de debate, su experiencia abre otra inquietud concreta:
¿Con una sola recarga de carbón, cuántas prendas logra planchar?
¡Por Dios, muchísima, muchísima ropa! Más o menos una docena de jeans o de sábanas.
No se trata únicamente de eficiencia doméstica. La plancha al carbón, hoy vista por muchos como obsoleta, fue durante siglos un instrumento esencial en la vida cotidiana. Antes de la electrificación, su uso era generalizado y, en algunos contextos, cumplía incluso funciones que hoy denominaríamos sanitarias.
El calor intenso generado por las brasas contribuía a reducir la presencia de microorganismos en las prendas. Sin necesidad de explicaciones científicas, existía una comprensión práctica del valor del calor como agente de limpieza profunda. En tiempos de pandemias pasadas, de anteriores siglos, estas prácticas ayudaban, de manera intuitiva, a disminuir riesgos en la vida diaria.
A la luz de las recientes crisis sanitarias globales, no resulta descabellado reconsiderar estos saberes tradicionales. Lo que hoy parece rudimentario pudo haber sido, en su momento, una forma eficaz de cuidado.
Sin embargo, hay algo más profundo que la eficiencia o la utilidad. Doña Marleny cuenta con planchas de la nueva ola, modernas, rápidas, eléctricas. Podría abandonar el carbón sin dificultad. Pero no lo hace.
No lo hace porque, en cada brasa encendida, no solo hay calor: hay memoria.
En el peso del hierro habitan sus recuerdos, las remembranzas de otros tiempos, los rostros de sus seres queridos que también manipularon esa misma plancha, que trabajaron con ella, que dejaron en ese objeto no solo esfuerzo, sino vida.
La plancha al carbón no es solo un instrumento: es un archivo íntimo, una herencia silenciosa que no se enchufa, sino que se enciende.
Y es allí donde esta historia deja de ser doméstica para volverse profundamente humana.
Porque el verdadero progreso no consiste en olvidar, sino en saber qué merece permanecer.
Y quizá, solo quizá, el día que dejemos de encender estas pequeñas brasas del pasado, no será el carbón lo que se apague… sino la memoria misma de quienes fuimos.
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