Tegucigalpa, Honduras. – Mientras los países vecinos mantienen estables sus monedas o incluso las aprecian, el lempira hondureño continúa su camino de pérdida de valor sin señales de pausa: este viernes 24 de abril, un dólar cuesta 26.7189 lempiras, un día después de que la divisa estadounidense alcanzara el récord histórico de 26.7191 lempiras el jueves, en una tendencia que convierte a Honduras en el caso atípico de una región que en general muestra estabilidad o fortaleza cambiaria.
El contraste con los vecinos centroamericanos no puede ser más elocuente. En febrero, las monedas de la región no mostraron cambios significativos e incluso el colón costarricense se apreció un 2% en términos mensuales y un 4.30% en términos interanuales. Honduras, en cambio, registró en ese mismo mes una devaluación del 0.24%, en una dirección completamente opuesta a la de sus socios comerciales más cercanos.
La brecha se amplía aún más cuando se analiza el acumulado interanual: la devaluación interanual del lempira a febrero fue del 3.61%, mientras el promedio de los países socios mostró apreciaciones en todos los frentes: -0.75% en Centroamérica, -4.98% en China, -12.81% en la zona euro, -15.46% en México y -11.39% en el resto del mundo. En términos simples: mientras las monedas de los principales socios comerciales de Honduras ganaron valor frente al dólar, el lempira lo perdió.
El impacto no se detiene en el tipo de cambio. Honduras también registra la inflación interanual más alta de Centroamérica con un 3.46% a febrero, superando a Nicaragua que ocupa el segundo lugar con 2.86%, en una combinación de devaluación e inflación que erosiona el poder adquisitivo de los hondureños desde dos frentes simultáneos.
El Banco Central de Honduras (BCH) presentó el lado positivo del ajuste cambiario bajo el concepto de «ganancia teórica de competitividad» frente a los socios comerciales, argumentando que la devaluación abarata relativamente las exportaciones hondureñas. La ganancia fue de 1.70% frente al Resto del Mundo, 0.46% frente a Centroamérica y 0.40% frente a Estados Unidos.
Sin embargo, esa «ganancia teórica» tiene un costo real y cotidiano para los hondureños: los mismos bienes y servicios cuestan más lempiras cada semana, los combustibles —cuyo impuesto está dolarizado— acumulan 14 semanas de alzas y el poder adquisitivo de los salarios se reduce silenciosamente con cada microdevaluación que el sistema de subastas del BCH ejecuta conforme al acuerdo con el FMI.
La pregunta que el debate económico hondureño todavía no ha respondido con suficiente claridad es si la ganancia de competitividad que el BCH registra en sus informes se está traduciendo en un impulso real a las exportaciones que justifique el sacrificio inflacionario que millones de familias pagan cada semana en las bombas de gasolina y en los mercados del país.






