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Exministro Cardona exige «recomposición» de Libre y culpa a líderes locales, «soberbia» y caos comunicacional por debacle electoral

El exministro de Sedesol señaló que el partido se enfocó solo en sus bases, ignoró "la calle" y cayó en "soberbia". Denunció que múltiples instancias de comunicación operaban sin coordinación y que cada líder local priorizó su propia elección sobre la candidatura presidencial.

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Tegucigalpa, Honduras.— En una de las autocríticas más contundentes desde las filas oficialistas tras la debacle electoral, el exministro José Carlos Cardona responsabilizó este viernes a los cuadros intermedios de Libre del colapso presidencial de Rixi Moncada, mientras blindó a la cúpula del partido de cualquier cuestionamiento.

En entrevista con Radio HRN, Cardona trazó una narrativa que absuelve completamente a Manuel Zelaya y Rixi Moncada del resultado electoral, trasladando toda la responsabilidad a coordinadores departamentales que supuestamente traicionaron la estrategia nacional para beneficiarse personalmente.

«Cada quien haló agua para su molino y no para la candidata presidencial», disparó Cardona, sugiriendo que mientras alcaldes y diputados de Libre lograban victorias locales, deliberadamente abandonaron la campaña presidencial para concentrarse en sus propias aspiraciones.

La acusación es explosiva porque implica una fragmentación interna del partido donde los líderes territoriales sabotearon —consciente o inconscientemente— la candidatura de Moncada al priorizar sus propios intereses electorales.

Cardona, quien renunció el 27 de junio en medio de señalamientos de corrupción, insistió en que permanece «en Libre» y espera la convocatoria de Zelaya para participar en el proceso de «recomposición» que considera inevitable tras obtener apenas 19% de los votos en la elección presidencial.

El exfuncionario construyó un diagnóstico que identifica tres fallas críticas: descoordinación comunicacional, desconexión con la realidad y arrogancia política.

Sobre el caos comunicacional, Cardona describió un escenario donde cinco instancias diferentes —la Secretaría de Planificación de Ricardo Salgado, la Dirección de Comunicaciones, la Secretaría de Prensa, el periódico Poder Popular y Canal 8— operaban sin articulación, generando mensajes contradictorios especialmente durante crisis como apagones o desastres climáticos.

«Las comunicaciones fueron un desastre, no hubo estrategia eficaz para cerrar filas», sentenció, en una crítica indirecta a Salgado, quien precisamente esta semana protagonizó un escándalo al atacar violentamente a periodistas.

En cuanto a la desconexión con la realidad, Cardona admitió algo que analistas señalaron durante meses: Libre creyó en sus propias encuestas en lugar de escuchar lo que decía la población, una burbuja informativa que los llevó a proyectar victorias imposibles mientras el descontento crecía en las calles.

«Confió más en las encuestas que en lo que se decía en la calle», reconoció, explicando por qué el partido quedó sorprendido por la magnitud de su derrota pese a que los indicadores de rechazo eran evidentes.

El tercer elemento —la arrogancia política— fue quizás la confesión más reveladora. Cardona admitió que personalmente aconsejó a candidatos de Libre que «le bajaran a la soberbia y a la superioridad moral», sugiriendo que el tono mesiánico y descalificador del oficialismo alienó votantes en lugar de conquistarlos.

Sin embargo, la autocrítica de Cardona tiene un límite infranqueable: ni Zelaya ni Moncada pueden ser cuestionados. «El coordinador general y la candidata dieron todo su mejor trabajo posible», afirmó, construyendo una narrativa donde los líderes históricos son víctimas de la incompetencia o traición de sus subordinados.

Esta versión contrasta con análisis políticos que señalan que las decisiones estratégicas fundamentales —desde la selección de Moncada como candidata hasta el tono confrontativo de la campaña— fueron tomadas directamente por Zelaya y el círculo íntimo de poder.

Cardona incluso llevó la defensa de la cúpula al extremo al afirmar que Xiomara Castro tiene «90% de aceptación», una cifra fantástica que no se refleja en ninguna medición independiente y que contradice el rechazo masivo que sufrió su proyecto político en las urnas.

Si Castro realmente tuviera 90% de aprobación, resulta inexplicable que su candidata obtuviera apenas 19% de los votos, una contradicción que Cardona no aborda.

El exministro también reveló que Libre nunca intentó conquistar votantes fuera de sus bases, una estrategia suicida en un país donde el partido representa apenas una fracción del electorado y necesitaba expandir su apoyo para retener el poder.

Las declaraciones de Cardona forman parte de un patrón emergente en Libre: aceptar que hubo una derrota, identificar problemas secundarios, pero blindar absolutamente a la familia Zelaya-Castro de cualquier responsabilidad, trasladando culpas a funcionarios de segundo nivel, «comunicadores» y «coordinadores departamentales».

Esta estrategia de autocrítica selectiva y controlada difícilmente permitirá una renovación real del partido, pues mantiene intacta la estructura de poder que tomó las decisiones fundamentales que llevaron al desastre electoral.

La pregunta que Cardona no responde es: si los coordinadores departamentales eran tan incompetentes o desleales, ¿quién los nombró y supervisó? Si la estrategia comunicacional era caótica, ¿quién la diseñó? Si la campaña cayó en soberbia, ¿quién marcó ese tono?

Todas esas decisiones conducen inevitablemente a Zelaya y al núcleo de poder de Libre, precisamente los actores que Cardona se niega a cuestionar mientras promete permanecer «en la casa» esperando instrucciones del coordinador general para la «recomposición» que supuestamente vendrá.

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