Tegucigalpa, Honduras. – La violencia no solo deja víctimas directas en Honduras. También ha sembrado una cultura del miedo que debilita la confianza entre vecinos, rompe redes comunitarias y reduce la capacidad de las personas para responder juntas a los conflictos, advirtieron expertos durante el simposio internacional “Construcción de paz comunitaria”.
El tema fue abordado en el segundo día del encuentro, organizado por el Instituto Universitario en Democracia, Paz y Seguridad (IUDPAS) de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH).
El panel “Muertes violentas en Honduras, causas e impactos comunitarios” reunió a Nancy Zúniga, oficial de Protección de la Niñez de UNICEF; Wilmer Vásquez, director ejecutivo de Coiproden; Andrea Paz, coordinadora del Observatorio de Seguridad del Foro de Mujeres por la Vida; y Cristina Alvarado, coordinadora del Movimiento de Mujeres por la Paz Visitación Padilla.
La conversación fue moderada por Migdonia Ayestas, coordinadora del Observatorio Nacional de la Violencia, quien recordó que, aunque los homicidios bajaron durante 2025, otras expresiones de violencia continúan creciendo.
“Muchas familias están atrapadas por esos grupos criminales organizados que al final no tenemos otra forma más que ver, oír y callar muchas veces”, expresó Ayestas, al señalar que el miedo a las amenazas limita incluso la denuncia.
Uno de los puntos de mayor coincidencia fue que el miedo se ha convertido en una condición permanente para amplios sectores de la población.
Nancy Zúniga afirmó que la violencia empieza desde la infancia y termina moldeando la forma en que las personas se relacionan.
“Vivimos en un país que aprende la violencia en casa con la violencia doméstica, totalmente tolerada por el sistema y totalmente tolerada por los vecinos”, señaló.
La representante de UNICEF sostuvo que Honduras ha perdido capacidad de organización colectiva y que el temor se ha instalado en la vida diaria de comunidades enteras.
También advirtió que las secuelas emocionales son visibles en personas que viven con ansiedad, estrés y otras afectaciones derivadas de la exposición constante a hechos violentos.
Por ello, insistió en que el país debe invertir más en salud mental, prevención y recuperación psicosocial, en lugar de limitarse a respuestas punitivas.
Desde Coiproden, Wilmer Vásquez amplió el concepto de violencia al señalar que la niñez no muere únicamente por asesinatos.
“La gente en Honduras y la niñez no muere solamente porque fue asesinada; también se muere por falta de medicamentos, por falta de atención en los centros de salud, por hambre y por desnutrición. Esa es violencia”, expresó.
Vásquez añadió que la ausencia del Estado facilita que grupos criminales ocupen espacios comunitarios y recluten a niños y adolescentes.
El director de Coiproden sostuvo que la violencia deteriora profundamente las relaciones sociales. “Vivimos con miedo. Lo que pasa a mi alrededor me mantiene completamente alerta y completamente a la defensiva”, afirmó.
Según explicó, cada homicidio destruye una familia y deja a una comunidad viviendo bajo temor permanente, debilitando las redes de apoyo que antes ayudaban a enfrentar crisis colectivas.
El panel también abordó el impacto diferenciado de la violencia contra las mujeres.
Andrea Paz, representante del Foro de Mujeres por la Vida, advirtió sobre retrocesos institucionales en la protección de derechos y cuestionó que se minimicen los factores estructurales detrás de los femicidios.
La especialista expresó preocupación por el debate surgido tras la presentación de un recurso de inconstitucionalidad contra el delito de femicidio.
Paz señaló que desconocer las causas específicas de la violencia contra las mujeres representa un riesgo para los avances alcanzados en materia de derechos humanos.
Por su parte, Cristina Alvarado, de Visitación Padilla, sostuvo que la violencia debe entenderse desde una cultura machista históricamente arraigada y desde un modelo social que normaliza las desigualdades.
Alvarado afirmó que la violencia contra las mujeres responde a relaciones desiguales de poder, sostenidas por factores culturales y por una alta impunidad que impide romper el ciclo de agresiones.
Los especialistas coincidieron en que la construcción de paz no puede quedarse en el diagnóstico. Debe avanzar hacia la reconstrucción de confianza, el fortalecimiento comunitario y políticas públicas centradas en la prevención.
“Tenemos que creer que la paz es posible y que toda forma de violencia es prevenible”, afirmó Zúniga, quien llamó a abandonar la normalización del castigo en Honduras.
Como parte del espacio, se realizó la lectura colectiva del texto “Anatomía del agotamiento”, una reflexión construida junto a líderes comunitarios y jóvenes voluntarios sobre el desgaste emocional que viven numerosos barrios hondureños.
Luego se desarrolló el panel “Experiencias de construcción de paz comunitaria: buenas prácticas, lecciones aprendidas y limitaciones”, moderado por Esteban Ramos, coordinador del Área de Paz del IUDPAS.
Ramos explicó que la paz no debe entenderse como una meta definitiva, sino como un proceso permanente de construcción comunitaria.
En ese espacio, Óscar Paz, gerente nacional del Programa Técnico de Prevención de Violencias de World Vision, afirmó que la paz no se construye únicamente reduciendo la violencia, sino fortaleciendo capacidades personales, familiares y procesos participativos que nacen desde las comunidades.
Paz insistió en que los obstáculos y la criminalidad no deben llevar al pesimismo, sino a reforzar las iniciativas comunitarias que surgen desde los propios barrios.
Pese al complejo panorama descrito, los participantes coincidieron en que distintas experiencias demuestran que la construcción de paz sí es posible cuando las comunidades trabajan de manera conjunta.
El simposio cerró con un llamado a priorizar procesos de restauración comunitaria desde una mirada humana y sensible, reconociendo que la transformación de los territorios depende tanto de políticas públicas como del compromiso cotidiano de la ciudadanía.













