Por: Fredal Rodríguez
Licenciado en Periodismo CPH 1034
Catedrático Universitario
Honduras en su contexto panorámico, parece la estampa de un cuadro pintado por un artista contemporáneo, donde plasma el arte de la dignidad y la pobreza extrema con su gusto delineado por la iniquidad y la exclusión social.
Según las estadísticas macro económicas y poblacionales, Honduras se ubica entre los países más pobres y con un abismo de desigualdad en América Latina y el Caribe, dato que cada gobernante que llega al poder lo sabe, pero que lo disfraza en un discurso demagógico repleto de inconsistencias desagradables.
Desde siempre nos hemos preguntado: ¿Qué se necesita para poder tener un país que responda, al menos a las necesidades básicas de sus habitantes?, ¿cuál es el ingrediente que fortalece las economías en sus diferentes aristas?, urgimos de una respuesta. La migración es el detonante que desnuda las estructuras de desesperación de los pueblos sumidos en la desgracia.
Las clases sociales, siempre han existido, pero en pleno siglo XXI se han desintegrado, al grado tal que ha surgido después del nivel bajo de pobreza, la indigencia. La que cobra espacio y promete avanzar de manera vertiginosa y amenazante. Basta ver la multitud de personas que viven de desechos y reciben una misera dadiva.
Hay datos relevantes que contradicen la realidad que vive la hondureñidad. En una reciente publicación, el Instituto Nacional de Estadísticas (INE), indicó que la pobreza bajó de 73.6% a 60.1 y la extrema pobreza o indigencia de 53.75 a 38.3%. Se ha constatado que muchas de estas cifras obedecen más al deseo de acceder a nuevos préstamos de orden internacional y no responden a la realidad.
Siendo el segundo país más grande de Centroamérica en términos de superficie; se ubica, según el Consejo Hondureño de la Empresa Privada (COHEP), entre los países con mayor tasa de pobreza, sobrepasando el 62.9, en cifras reales.
En su manifiesto “Índice de Desarrollo Humano”, proporcionado por el PNUD recientemente, Honduras, sigue siendo un país con muchos desafíos en desarrollo, apostándole a la brecha entre ricos y pobres en indigencia. Esto demuestra de manera positiva, que los hondureños seguimos confiando en los procesos de cambio en lo que a nuevas administraciones estatales se refiere.
Somos un país de cifras y porcentajes, mismos que son utilizados de manera dudosa para figurar en calificaciones a nivel internacional, muy distante de la realidad de nuestro país y que solo los que recorremos esos parajes salpicados de necesidad podemos describir.
Hemos llegado al 2026 con una población de 11.1 millones de habitantes, quienes se disputan una disparidad entre lo rural y urbano, visualizando entre los grupos más vulnerables a las mujeres, los pueblos indígenas, los jóvenes y niños, que claman por un país donde exista el trabajo y la seguridad como protección a la vida, que debe ser un componente que busca encontrar ese equilibrio de sobrevivencia.
El gobierno de turno debe centrar su administración en proporcionar las herramientas necesarias para hacer producir la tierra, fusionar ministerios y estrechar el clientelismo político, recurrir a las auditorias sociales fijadas por los beneficiarios en relación a fondos municipales, acceder a fondos de inversión y vigilar su buen desempeño y uso, brindar a los ciudadanos un ambiente seguro en su locomoción.
Los expertos en economía y que rodean al mandatario, deben abrir una agenda económica de desarrollo, dimensionar las diferentes formas de producción y establecer prestamos blandos a través de las diferentes plataformas de financiamiento. Cada cuatro años esperamos confiadamente que se supere y se busque soluciones practicas para atacar de frente la pobreza y la indigencia.
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