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La Ceja Antioquia 2025, tradición y fervor: noche de velitas que nunca se apaga

Por: José Eliécer Palomino Rojas

La Noche de Velitas, una de las tradiciones más queridas en Colombia, tiene su origen en el año 1854, cuando el papa Pío IX proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Para celebrarlo, los fieles encendieron velas y faroles como símbolo de pureza, agradecimiento y devoción.

En Colombia, este gesto tomó un carácter profundamente familiar y comunitario. Con el paso del tiempo, se convirtió en un ritual que marca el inicio de la Navidad: cada 7 de diciembre, las familias iluminan calles, parques y entradas de sus hogares con miles de velitas que representan peticiones, protección y esperanza.

Más de siglo y medio después, esta tradición sigue siendo un abrazo de luz que une a todo un país alrededor de la fe, la familia y la cultura.

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En una noche de cielo nublado, con un clima suave cercano a los 17°C, las familias cejeñas, habitantes entre las carreras 18 y 19, de pleno centro del municipio de La Ceja, Antioquia, Colombia, comenzaron a cerrar la vía con cintas de señalización vial, de extremo a extremo. No era un simple cierre de calle: era el anuncio de una tradición que ha sobrevivido al tiempo, a las generaciones y a las dificultades, porque nace del corazón de un pueblo que se niega a dejar morir su fe, y legado de sus ancestros.

Con esmero y entusiasmo, los vecinos salieron a decorar las carreras y las calles frente a sus viviendas. Cada hogar aportó algo: faroles, velas, figuras de ángeles, flores, telas doradas y blancas, imágenes sagradas, comida. La calle se transformó en un corredor espiritual donde la creatividad y la devoción caminaban juntas, iluminando la noche.

Luego llegó el momento más sentido: rendir amor, devoción y fervor a la Madre y Reina Celestial, la Virgen María. Unos bajo la advocación de María Auxiliadora, otros bajo la advocación de la Inmaculada Concepción, y otros más, bajo la advocación de la Virgen del Carmen, protectora de los caminos y del hogar. Todas estas expresiones de fe convergían en un mismo gesto: elevar una oración desde lo profundo del alma.

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Las aceras se convirtieron en pequeños santuarios familiares. Altares improvisados pero llenos de solemnidad, construidos con la unión y la esperanza de cada hogar. Allí, las familias se reunieron para encender sus velitas mientras recitaban jaculatorias, entonaban cantos y rezaban el Santo Rosario. Y mientras tanto, otras familias, desde sus balcones reducidos, solos o acompañados, también alumbraban con fe y devoción.

Encendían sus velitas en silencio, desde lo alto, convirtiendo sus pequeños espacios en faros discretos que se sumaban a la luz colectiva del sector central del municipio. Era la prueba de que la fe no necesita grandes lugares, solo corazones dispuestos.

En medio de esta atmósfera luminosa, de destellos de luz y de gozo, también se hizo presente la alegría sencilla y contagiosa de la comunidad. Para Gonzalo Patiño, la alegría es desbordante, una emoción que comparte con su expresión, su baile y la música que escucha en su pequeño bafle de batería y quien expresa a todo pulmón: «tan rico la gente unida y contenta en una misma cultura, tradición y fe”, expresó, mientras su energía iluminaba aún más la noche, recordando que la fiesta del espíritu también es un encuentro humano.

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La luz temblorosa de cada llama era un mensaje íntimo dirigido al cielo:

una súplica por la protección del hogar, una petición por el milagro más urgente, un agradecimiento silencioso por las bendiciones recibidas, un ruego por los amigos y familiares que se encuentran enfermos, una súplica por la paz de Colombia y por el mundo entero.

En La Ceja, esta noche no es solo un ritual:

es un acto de identidad, un legado que se transmite de padres a hijos,

una tradición que abraza el espíritu religioso y el sentido de comunidad. Porque mientras exista un 7 de diciembre y un corazón dispuesto a encender una vela,

la Noche de Velitas en La Ceja Antioquia jamás se apagará.

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