Por: José Eliécer Palomino Rojas.
Hay historias que uno encuentra caminando por las calles y que, sin proponérselo, terminan convirtiéndose en pequeñas crónicas de vida. Algunas nacen detrás de una fachada, otras de una conversación espontánea y otras, como esta, de esos encuentros sencillos que el tiempo va convirtiendo en recuerdos.
En La Ceja, por la carrera 20, muy cerca de la parroquia de la Santa Cruz, existe una papelería y espacio de servicios conocido como Cibernet. Allí, desde hace muchos años, está Norma García, una mujer emprendedora, amable y trabajadora, a quien cariñosamente he llegado a llamar “Normandía”.
Desde aquellos encuentros cotidianos, propios de la relación entre una empresaria y su cliente, ya fuera al pasar por Cibernet, al comprar algún artículo de papelería, al saludarla por las calles o al entrar y despedirme del establecimiento, se fueron construyendo esos pequeños momentos que también hacen parte de la vida de un pueblo.
Y precisamente por esos pequeños detalles de la cotidianidad, esta historia llamó mi atención.
Porque esta vez había algo diferente: el amor había florecido.
Y entonces apareció ante mis ojos una imagen que parecía resumir toda una historia en unas pocas palabras. Un pequeño pajesito llevaba guindado en su cuello un mensaje que decía:
“Ya no hay tiempo para correr…
Ahí viene la novia.”
Qué frase tan sencilla y, al mismo tiempo, tan significativa.
Parecía como si aquellas palabras anunciaran algo mucho más profundo: ya no hay tiempo para correr, ya no hay tiempo para caminar sola, porque el amor finalmente ha llegado.
Como si la vida, después de tantos caminos recorridos, hubiera decidido hacer una pausa para que dos almas se encontraran, se reconocieran y emprendieran juntas un nuevo sendero.
El mensaje del pajesito parecía convertirse entonces en una metáfora de la existencia. Algunas veces corremos buscando aquello que creemos necesitar; atravesamos caminos, sorteamos circunstancias y dejamos pasar instantes sin imaginar que, quizá, el amor viene acercándose silenciosamente.
Y cuando finalmente llega, ya no hay que correr.
Ahí viene la novia.
Ahí viene la mujer que decidió decir sí ante el altar; sí a una nueva historia, sí a compartir los días, sí a construir un hogar, sí a caminar acompañada y sí a permitir que el amor escriba un nuevo capítulo en su existencia.
Porque el amor, cuando verdaderamente florece, tiene algo de misterio. Es como una flor que aparece después de una larga espera; como una gota de agua que se desprende suavemente de una hoja al amanecer; como una gota de rocío que une la frescura de dos corazones y les recuerda que la vida también puede comenzar de nuevo.
Y así, entre flores, sonrisas, familiares, amigos y un pequeño pajesito portando aquel mensaje, Norma García emprendió una nueva vocación: la del matrimonio.
Desde esta pequeña crónica, nacida de uno de esos detalles que la vida pone en el camino, quiero expresarle a Norma, con el mismo cariño y respeto que han acompañado nuestros encuentros de empresaria y cliente, mis mejores deseos en esta nueva etapa de su vida.
Reciba de parte de josepaloroj un abrazo afectuoso y mi gratitud por ese saludo que usted tan amablemente me brinda cada vez que nos encontramos por las calles de La Ceja, o cuando llego a Cibernet, y por ese sencillo pero significativo gesto de saludar y despedirse.
Gracias, “Normandía”, por esos encuentros sencillos que, sin saberlo, también hacen parte de las pequeñas historias que uno guarda en la memoria.
Hoy solamente me resta desearle éxitos, ventura, prosperidad, amor y una larga vida en esta nueva vocación del matrimonio.
Que nunca falte el diálogo cuando lleguen las dificultades, la sonrisa cuando aparezcan los días grises, la paciencia cuando el camino se vuelva estrecho y, sobre todo, que nunca se apague esa luz que los llevó a decirse mutuamente:
“Sí, quiero caminar contigo.”
Y mientras el pequeño pajesito anuncia:
“Ya no hay tiempo para correr…
Ahí viene la novia”,
la vida parece responder en silencio:
Ya no hay soledad.
Ya no hay caminos separados.
El amor floreció, dos almas se encontraron y comienza una nueva historia.
Que ese amor sea como el rocío de la mañana: fresco, transparente, humilde y capaz de permanecer, aun cuando el sol de la vida llegue con toda su intensidad.
Y que aquel “sí” pronunciado ante el altar se convierta cada día en nuevos “sí”: sí al respeto, sí a la compañía, sí a la comprensión, sí al perdón, sí a la ternura y sí a seguir caminando juntos.
¡Felicidades, Norma García, y larga vida junto a su esposo en este nuevo capítulo de su historia!
Que el amor que hoy los une continúe floreciendo con los años, y que cada nuevo amanecer les regale motivos para seguir caminando juntos, de la mano, con comprensión, ternura, respeto y esperanza.
Shalom eterno a la pareja.















