Por: José Eliecer Palomino Rojas
Cada año, millones de personas celebran su cumpleaños guiándose por la fecha que aparece en sus documentos de identidad. Sin embargo, para algunos ciudadanos, esa fecha no coincide con el día real en que llegaron al mundo.
Puede parecer una situación extraña en tiempos donde la tecnología registra casi todo con precisión. No obstante, en décadas pasadas muchas inscripciones dependían exclusivamente de la información suministrada por familiares, quienes, por diversas circunstancias, podían equivocarse al momento de reportar la fecha de nacimiento de un hijo.
Una respuesta imprecisa, una confusión de días o simplemente una falla de la memoria podían quedar consignadas para siempre en un registro oficial. Así, el documento terminaba contando una historia distinta a la que conservaban quienes estuvieron presentes en el nacimiento.
La fecha de nacimiento es mucho más que un dato administrativo. Es el punto de partida de una vida, el comienzo de una historia personal y familiar. Por ello, cuando existe una diferencia entre la memoria de los seres queridos y lo que dicen los documentos, surge una reflexión profunda sobre la identidad y la importancia de preservar la verdad de nuestros orígenes.
Mi experiencia es un ejemplo de ello. Nací alrededor de la medianoche entre el 28 y el 29 de junio, en plena celebración de las festividades de los apóstoles San Pedro y San Pablo. Mi familia siempre ha conservado el recuerdo de aquella fecha y de las circunstancias que rodearon mi nacimiento. Sin embargo, al momento del registro civil quedó consignada una fecha diferente, situación que ha acompañado mi historia personal durante toda la vida.
Vale la pena recordar que la Iglesia conmemora a San Pedro y San Pablo por los siglos de los siglos: al primero como la roca firme sobre la cual Cristo edificó su Iglesia; al segundo como el incansable mensajero del Evangelio que llevó la Buena Nueva a las naciones. Dos columnas de la fe cristiana cuya memoria continúa iluminando el camino de millones de creyentes en el mundo.
Al nacer entre las festividades de San Pedro y San Pablo, suelo preguntarme si mi inclinación por la escritura y la comunicación tendrá alguna relación simbólica con la memoria de San Pablo, el gran mensajero del Evangelio. Quizás sea una simple coincidencia. Sin embargo, me gusta pensar que, de alguna manera, algo de aquel espíritu incansable por transmitir ideas y mensajes encontró eco en mi propia vocación de escribir y compartir reflexiones.
Mientras los documentos señalan un día, la memoria familiar conserva otro. Y es precisamente esa diferencia la que me lleva a reflexionar sobre cuántas personas podrían estar celebrando oficialmente una fecha distinta a la de su verdadero nacimiento.
Lejos de ser un hecho aislado, esta situación pudo haber ocurrido a muchas personas. En una época donde los registros se realizaban días después del nacimiento y dependían del testimonio de terceros, no era difícil que se presentaran errores involuntarios. Lo que comenzó como una simple equivocación terminó convirtiéndose en una fecha oficial que acompañaría a una persona durante toda su existencia.
Existen incluso quienes reciben felicitaciones en fechas distintas. Algunos familiares recuerdan el día real del nacimiento; otros toman como referencia la fecha que figura en la cédula. De esta manera, una misma persona puede ser celebrada en más de una ocasión, no porque existan varios cumpleaños, sino porque conviven dos versiones de una misma historia.
En mi caso, el privilegio ha sido recibir felicitaciones desde los días asociados por mi familia a mi verdadero nacimiento hasta la fecha que aparece consignada en mis documentos. Son saludos que llegan desde distintas memorias, pero que terminan celebrando una misma vida.
Esta realidad deja una enseñanza para padres, familiares y autoridades encargadas de los registros civiles. Más allá de un requisito legal, registrar correctamente a un recién nacido significa preservar una parte fundamental de su identidad. La fecha de nacimiento no es solamente un número; es una referencia que acompaña al ser humano desde su primer día de vida hasta el final de sus días.
Y ya que mi nacimiento ocurrió en el marco de las festividades de los apóstoles San Pedro y San Pablo, elevo un pensamiento especial para quienes también celebran su cumpleaños durante estas fechas. Que San Pedro y San Pablo bendigan a todos aquellos que celebran el aniversario de su nacimiento durante las festividades de estos grandes apóstoles, y que nunca olviden agradecer a Dios por el don de la vida.
Celebra tu cumpleaños el día en que verdaderamente naciste y no únicamente en la fecha que pudo haber quedado consignada en un registro por un error involuntario de quien suministró la información. Los documentos tienen valor legal, pero la memoria de la familia conserva la historia real de nuestra llegada al mundo.
¿Será que muchos cumplen años cargando para siempre con las consecuencias de un error en el registro de su fecha de nacimiento?
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