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La Navidad, como despierta alegría…también despierta nostalgias y remembranzas

Por: José Eliécer Palomino Rojas.
Jose Palomino

Cada año, cuando llega diciembre, la Navidad despierta sentimientos encontrados: para unos es sinónimo de alegría, esperanza y encuentro; para otros, de nostalgia, tristeza y vacío interior.

Esta diferencia no es casual. Tiene raíces profundas en la manera como se vive, o se ignora, el verdadero sentido espiritual de esta celebración.

La fe cristiana enseña que vivir, sentir y acoger el Verbo hecho carne, la presencia humana de Jesús, Hijo de Dios, en la noche de Navidad, exige una preparación interior. No se trata de un acontecimiento improvisado, sino de un camino espiritual de cuatro semanas y cuatro domingos, conocido como el Tiempo de Adviento, donde cada luz encendida eleva una súplica antigua y vigente: ¡Maranatha! (Ven, Señor).

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La Corona de Adviento, de origen europeo, especialmente en Alemania durante el siglo XIX, nació como un signo pedagógico, para ayudar a las familias a comprender el tiempo de espera del nacimiento de Cristo. Su forma circular simboliza el amor eterno de Dios, sin principio ni fin; el verde de sus ramas representa la vida y la esperanza que no mueren, y las cuatro velas marcan el avance del tiempo hacia la Navidad, recordando que Cristo es la luz que vence las tinieblas del mundo.

En este camino espiritual, el primer domingo de Adviento se enciende el velón morado, símbolo de reflexión y preparación; el segundo domingo, el velón verde, signo de vida nueva y esperanza firme; el tercer domingo, el velón rojo, conocido como Laetare, símbolo de la alegría que se aproxima, razón por la cual el ornamento sacerdotal es de color rosado; y el cuarto domingo, el velón blanco, la Nura Labana o Shlama, símbolo de paz, pureza y santidad, encarnadas en la persona del Hijo amado de Dios, Jesús.

El problema de muchos seres humanos es que caminan en contravía, al confundir la verdadera alegría de la Navidad con la alegría fugaz del mundo, una felicidad momentánea que luego deja tristeza, amargura, preocupaciones y vacíos interiores.

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Solo es posible comprender que la Navidad es auténtica alegría, cuando el corazón se ha preparado durante las cuatro semanas del Adviento, para el nacimiento y el recibimiento espiritual de Cristo, el Verbo encarnado en el seno de la Virgen María.

Será después del 6 de enero, cuando cesen las festividades, cuando cada persona podrá responderse a sí misma una pregunta esencial: ¿nació realmente Cristo en mi corazón? La respuesta se reflejará en cómo iniciamos el nuevo año: si nos sentimos fortalecidos, animados y con la mente orientada hacia lo correcto; si, a pesar de las pruebas de la vida, la enfermedad, el dolor o la muerte de seres queridos, seguimos confiando en Dios. Solo entonces podremos decir que hubo verdadera alegría navideña.

La sociedad actual, al creer que lo material es lo único que importa, celebra de forma mundana, sin ley y sin Dios. O, en el peor de los casos, celebra con Dios y luego se deja arrastrar por la locura: el licor desmedido, los vicios, la lujuria, la gula y los excesos que solo traen desgracias y rompen la relación con el Ser Superior en quien se dice creer.

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Lo material; la música, los pesebres, las luces, los árboles, los regalos, los abrazos y la comida, solo cobra sentido cuando conduce a lo esencial: al nacimiento espiritual de Jesús Salvador, manifestado en gestos concretos de esperanza y caridad hacia los pobres, los oprimidos, los desplazados, los ciegos físicos y espirituales, y los enfermos.

Que la verdadera Navidad, especialmente compartida con los más pobres, sea vivida en el amor y en el espíritu del Salvador.


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