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La pedagogía del tono inquieta las relaciones sociales

Por: José Eliécer Palomino Rojas.

La portería de la institución donde debía acudir a firmar la asistencia se erguía como un umbral más administrativo que humano. Era una tarde gris. El frío penetraba los huesos y obligaba a botonar hasta el último botón de mi buso. Iba de paso, no de estadía. Solo debía firmar y retirarme.

Me acompañaba mi mascota, Yiyo, un pincher negro de estatura pequeña, sujeto con su cordón de seguridad. No pretendíamos recorrer pasillos ni irrumpir en aulas; solo cruzar la puerta por unos minutos y cumplir con el trámite.

Pero antes de avanzar, una voz detuvo el paso.

No se permiten perros aquí. Sáquelo y espere afuera.

Intenté explicar que una persona encargada nos esperaba para firmar. No buscaba ingresar con permanencia, solo cumplir con el requerimiento administrativo.

Por ahí no hay nadie. Espere afuera, replicó el portero con tono fuerte.

No hubo espacio para la escucha ni para el diálogo.

Las normas son necesarias. Organizan, previenen, protegen. Eso lo comprendo. Las instituciones requieren protocolos, y quien custodia la entrada cumple una función legítima. No cuestiono la existencia de la regla.

Lo que quedó suspendido en el aire no fue la norma, sino la ausencia de escucha.

En espacios educativos se habla de convivencia, de respeto, de formación integral. Se elaboran proyectos de ciudadanía, manuales de buen trato y salud mental, se promueven campañas de empatía y escucha activa. Sin embargo, a veces olvidamos que la pedagogía también comienza en la portería.

La Constitución Política de Colombia, en su Artículo 1°, establece que nuestro Estado se funda en el respeto de la dignidad humana. Esa dignidad no se suspende en una puerta ni se condiciona al tono con que se comunica una instrucción.

Porque la forma en que se comunica una norma también educa.

Y la capacidad de escuchar también es una lección.

A veces olvidamos, además, que para muchas personas la compañía de un animal no es un simple capricho. Son numerosos los profesionales de la salud que sugieren la presencia de mascotas, perrunas o gatunas, como apoyo emocional, como compañía terapéutica, como soporte frente a estados de ansiedad o soledad. No todos los vínculos se explican desde un reglamento administrativo; algunos se comprenden desde la dimensión humana de la salud.

En un país donde incluso existen normas que buscan proteger la vida y la dignidad animal, aún nos falta profundizar en una cultura del respeto integral: hacia las personas y hacia los seres que las acompañan.

Un “no” puede ser firme sin ser áspero.

Una indicación puede ser clara sin ser despectiva.

La autoridad no necesita cerrar el diálogo para hacerse sentir.

Aquella tarde comprendí que las instituciones no solo enseñan dentro del aula. Enseñan en el saludo, en la mirada, en el modo de dirigirse al otro. Enseñan incluso cuando niegan el paso.

Yiyo esperó en silencio.

Yo también.

Y comprendí que los umbrales no solo separan espacios.

También revelan la forma en que decidimos tratarnos.

José Eliécer Palomino Rojas.
Escritor – Investigador Social
ORCID: 0009-0007-6973-2970


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