Tegucigalpa.– Honduras es un país que reza pero mata. Mientras las iglesias se llenan los domingos, 2,200 mujeres han desaparecido entre 2010 y 2024. Una es asesinada cada 36 horas. La cifra de 2025 ya suma 223 muertes violentas, el 97 por ciento a manos de sus parejas. La violencia de género ya no es un problema: es una pandemia normalizada, advertida este viernes a EFE por feministas y defensoras.
«Somos uno de los países más religiosos de América Latina y el Caribe, e irónicamente el más violento», denunció Ana Ruth García, coordinadora de Ecuménicas por el Derecho a Decidir. Para ella, la religión influye con «códigos brutales de sumisión y opresión hacia las mujeres». El odio que mata no es solo machista: es aprendido.
El sistema judicial está colapsado. García lo llama «código penal de la impunidad». Su exigencia es contundente: reformas urgentes que incluyen cadena perpetua para los agresores. La desigualdad económica, la pobreza y la falta de acceso a la justicia son el caldo de cultivo.
Pero el problema no es la falta de recursos. «Honduras no es un país pobre en recursos, el problema es la distribución tan desigual», subrayó Daysi Ávila, de Oxfam Honduras.
La solución existe, pero duerme. En julio de 2024 se presentó la Ley Alerta Morada para localizar a personas desaparecidas. No se ha activado. Mientras tanto, al menos el 10 por ciento de las víctimas de femicidio habían sido reportadas como desaparecidas. La violencia doméstica ya suma 26,519 denuncias en el 911 entre enero y julio.
La educación es la única salida, dicen las expertas. Pero los fundamentalismos cierran espacios cívicos y el Estado mira hacia otro lado. Con elecciones el 30 de noviembre, la pregunta es si el próximo gobierno tendrá el coraje de declararle la guerra a una pandemia que se esconde tras la cruz y el miedo.












