Por: José Eliécer Palomino Rojas.
Las fuertes lluvias en los pueblos del oriente antioqueño han desbordado no solo quebradas, sino también han provocado el taponamiento de desagües y alcantarillas represadas. Calles convertidas en ríos, carreras hechas canales, y la incertidumbre flotando entre el lodo.
Y, sin embargo, en medio del desorden, aparece una escena que parece sacada de una tragedia de novela: un joven, como buen colombiano, decide convertir la inundación de uno de los sectores del municipio floricultor , antioqueño, colombiano en piscina improvisada. Se lanza, se ríe, se baña… como si el agua no arrastrara más que risas.
Pero esa risa, aunque espontánea, también encubre una verdad incómoda: la costumbre de convivir con lo que no debería ser normal. Porque esas aguas no solo refrescan, también llevan consigo bacterias, infecciones y consecuencias que, tarde o temprano, pasarán factura en la piel y en la salud.
Aunque este hecho no es reciente, porque cada temporada de lluvias repite la misma escena, lo verdaderamente inquietante no es la lluvia en sí, sino la costumbre de sus consecuencias. Año tras año, los aguaceros no solo inundan calles, sino también la memoria colectiva, que parece olvidar con la misma rapidez con la que el agua se retira.
Pareciera que, aunque el problema es conocido, las soluciones han sido apenas intentos superficiales: pañitos de agua tibia que alivian momentáneamente, pero no transforman de raíz. Se interviene, se anuncia, se promete… pero el fondo permanece intacto, como si la solución fuera más estética que estructural.
Se creería que la solución más efectiva sería reemplazar la tubería de menor capacidad por una de mayor dimensión. Y, en parte, no es una idea desacertada. Pero reducir el problema a un simple cambio de infraestructura es mirar apenas la superficie del conflicto.
Porque el agua no solo desborda por falta de espacio, sino también por el abandono: desagües taponados, alcantarillas sin el debido cuidado y la falta de intervenciones periódicas que permitan anticipar y prevenir estas situaciones. A esto se suman dinámicas urbanas que muchas veces crecen más rápido que la capacidad de respuesta. Así, la solución no puede ser únicamente técnica, sino también una tarea compartida.
La realidad muestra que contrarrestar el taponamiento de desagües y redes no compete únicamente a los gestores de sanidad o a la administración, sino también a toda una comunidad. El cuidado, el no arrojar residuos en alcantarillas y la conciencia colectiva son parte esencial de una solución que no se logra solo en lo institucional, sino también en lo cotidiano.
Una lectura más profunda deja ver algo inquietante: una sociedad que aprende a convivir con lo precario en lugar de superarlo. Nos adaptamos, resistimos, incluso nos reímos, pero pocas veces transformamos.
Así, lo extraordinario, un pueblo o una ciudad inundada, termina volviéndose paisaje cotidiano.
¿Será que no es la lluvia la que desborda pueblos y ciudades, sino nuestra falta de conciencia al habitarlos?
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