Nueva York, Estados Unidos. – A 25 años de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, Honduras también recuerda a cuatro mujeres que perdieron la vida dentro de las Torres Gemelas del World Trade Center, en Nueva York.
Las hondureñas Griselda Garo James, Claudia Martínez de Foster, Helen García Cook y Digna Alexandra Rivera de Constanza formaron parte de las casi 3,000 víctimas que dejó uno de los ataques más devastadores en la historia de Estados Unidos.
Todas se encontraban trabajando en los edificios cuando dos aviones comerciales secuestrados impactaron contra las torres, provocando una tragedia que marcó al mundo y cambió la seguridad global.
Sus historias reflejan también la vida de miles de migrantes centroamericanos que llegaron a Estados Unidos en busca de oportunidades, estabilidad y un mejor futuro para sus familias.
Griselda Garo James, originaria de Tela, trabajaba como secretaria en el Centro de Oficinas Internacionales y se encontraba en el piso 79 de una de las torres. Era madre de dos hijos y había construido en Nueva York parte de su vida laboral y familiar.
Claudia Martínez de Foster, de 26 años, trabajaba en el piso 105 de la Torre 1. Se había casado apenas un año antes de los atentados y tenía planes de formar una familia.
Otra de las víctimas fue Helen García Cook, quien laboraba en el piso 82 de la Torre 1. Había llegado a Nueva York cuando tenía 12 años, estaba recién casada y era madre de un niño de dos años.
La cuarta hondureña identificada fue Digna Alexandra Rivera de Constanza, abogada de 25 años que residía en Queens y trabajaba en el piso 100 de la Torre Norte. Su historia representa a una generación de jóvenes migrantes que buscaban abrirse camino profesionalmente en Estados Unidos.
Las cuatro hondureñas forman parte de un grupo reducido de víctimas centroamericanas identificadas oficialmente entre los fallecidos del 11-S.
Entre las víctimas de la región también figuran salvadoreños y guatemaltecos, aunque la cifra podría ser mayor debido a casos de doble nacionalidad, registros como ciudadanos estadounidenses o situaciones migratorias no documentadas.
Este aniversario vuelve a colocar sus nombres en la memoria colectiva, no solo como parte de la tragedia estadounidense, sino también como símbolo del sacrificio, la migración y los sueños interrumpidos de familias centroamericanas que hicieron vida en Nueva York.













