San Pedro Sula, Honduras. – Los bordos de San Pedro Sula nacieron como obras de mitigación para contener las crecidas de los ríos, pero con el paso de las décadas terminaron convertidos en comunidades donde hoy sobreviven más de 20 mil familias entre la pobreza, la discriminación, el hacinamiento y la ausencia del Estado.
La reciente tragedia en el bordo Esquipulas II, donde seis miembros de una familia murieron en un incendio, volvió a colocar el tema en la conversación pública.
Sin embargo, para quienes trabajan desde hace años en estas comunidades, el problema no comenzó con el fuego ni terminará cuando el dolor deje de ocupar titulares.
Para César Cárcamo, gerente regional del Valle de Sula de la Comisión de Acción Social Menonita (CASM), la historia de los bordos inició mucho antes de que aparecieran las primeras viviendas.
“Los bordos fueron construidos como obras de mitigación que construyeron las transnacionales para evitar las inundaciones de los ríos… Claro, en aquel momento nadie se imaginó que décadas después iban a estar poblados”, explicó.
Según Cárcamo, estas estructuras comenzaron a levantarse después del huracán Fifí, en 1974, como parte de las obras de protección para reducir el impacto de nuevas inundaciones en el Valle de Sula.
Pero con el paso del tiempo, las primeras familias comenzaron a asentarse sobre esos espacios, hasta dar forma a comunidades completas instaladas sobre zonas que no fueron diseñadas para vivir.
Los primeros asentamientos, recordó, surgieron entre finales de los años ochenta y principios de los noventa.
Al inicio, eran apenas unas cuantas viviendas improvisadas.
“Hubo una familia que fue trayendo otra y otra le contó a la otra, y así fue creciendo la población”, relató.
Lo que comenzó como una ocupación pequeña terminó convirtiéndose en una de las concentraciones humanas irregulares más grandes de Honduras.
“Al día de hoy ya andan arriba de 20 mil familias; dato estimado porque nadie ha hecho censo”, recalcó.
Hace poco más de dos décadas, se estimaban alrededor de 3 mil familias viviendo en los bordos.

Hoy, esa cifra se ha multiplicado varias veces, aunque no existe un censo oficial que permita establecer con precisión cuántas personas habitan en estas zonas de San Pedro Sula.
Uno de los factores que impulsó el crecimiento de estas comunidades fue el auge de la industria maquiladora a finales de los años ochenta.
Miles de personas migraron del campo hacia la ciudad con la esperanza de encontrar empleo.
“Una vez que la población llega al área urbana ya no se regresa al campo”, señaló Cárcamo.
Algunas familias lograron incorporarse al mercado laboral, otras no.
Pero muchas decidieron quedarse en la ciudad, incluso si eso implicaba levantar una vivienda sobre un bordo, sin garantías de seguridad, servicios públicos ni condiciones dignas de urbanización.
Cárcamo explica que los bordos siguen creciendo por varias razones.
La primera es la migración rural hacia la ciudad.
También influye el crecimiento natural de las familias que ya viven en esas zonas.
Pero existen otros factores menos visibles.
En los bordos, el costo de vida suele ser menor.
Muchas familias no pagan impuestos, algunas acceden a energía mediante conexiones irregulares y también existen pequeños cuartos en alquiler a precios más bajos que en otras zonas de la ciudad.
A esto se suma la cercanía con el centro de San Pedro Sula, lo que permite que muchas personas puedan desplazarse caminando hacia sus trabajos o hacia zonas comerciales.
“La gente quiere estar cerca de la ciudad”, comentó.
Aunque el incendio en Esquipulas II volvió a exponer la vulnerabilidad de estas comunidades, el problema no se limita a un solo sector.
Se estima que en la capital industrial existen alrededor de 16 bordos, donde durante décadas se han asentado miles de familias.
Entre los principales figuran Río Blanco, considerado el más grande de la ciudad; Gavión, Dixie, Esquipulas, Guadalupe, Bográn, Santa Ana I y II, Agua Azul, El Limonar, Nueva Esperanza y Las Brisas.
Cárcamo explicó que muchos de estos asentamientos toman el nombre de las colonias o empresas cercanas, mientras Río Blanco continúa siendo el bordo de mayor extensión.
Uno de los problemas más graves es que estas comunidades permanecen prácticamente fuera de la planificación estatal.
“No hay estudios, no hay encuestas, porque recuerde que ni el Estado hace estudios ahí, porque como son lugares declarados legalmente inhabitables; entonces, el Estado no llega allí con los servicios básicos”, afirmó.
Al ser zonas consideradas legalmente inhabitables, el Estado no desarrolla proyectos de infraestructura ni instala servicios públicos permanentes.
Dentro de los bordos no hay escuelas públicas, centros de salud ni obras de urbanización.
Sus habitantes deben desplazarse a otras comunidades para acceder a esos servicios.
Esa exclusión también golpea a la niñez.
Cárcamo señaló que muchos niños y niñas deben asistir a escuelas cercanas, pero el simple hecho de vivir en los bordos ha sido motivo de rechazo.
“Los niños sufrían mucha discriminación tan solo por vivir en los bordos”, recordó.
La CASM incluso ha trabajado con centros educativos para evitar que el lugar de residencia se convierta en un obstáculo para ejercer el derecho a la educación.
La pobreza en los bordos se expresa de muchas formas.
Las viviendas están construidas, en su mayoría, con madera, láminas, nylon y materiales reutilizados.
A ello se suman el hacinamiento, las conexiones eléctricas improvisadas y pasillos tan estrechos que dificultan el ingreso de ambulancias o unidades del Cuerpo de Bomberos.
La tragedia de Esquipulas dejó en evidencia esa vulnerabilidad.
“Con una colilla de cigarro bastaría para que haya un incendio”, advirtió Cárcamo.
Pero el riesgo físico no es el único problema.
Las oportunidades laborales también son limitadas.
Según el representante de CASM, la mayoría de las personas solo logra acceder a empleos de baja remuneración y poca estabilidad.
“Algunos trabajan de vigilancia, algunas mujeres trabajan de servicio doméstico en casa, pero la mayor parte no tiene empleo”, explicó.
Además, vivir en los bordos puede convertirse en una barrera para conseguir trabajo.
“Si alguien dice que es de los bordos, a veces es un factor determinante para que no les den el empleo. Por eso, a veces, tienen que mentir que viven en otro lado”, relató.
El hacinamiento también arrastra otros problemas sociales.
“Además que se dan ciertas cosas como, por ejemplo, acoso sexual, el mismo hacinamiento, muchas adolescentes embarazadas; es decir, eso arrastra un problema social mucho más mayor que el que uno se pueda imaginar”, señaló Cárcamo.
Para el representante de CASM, la situación de los bordos permanece invisible para gran parte de la sociedad y solo vuelve al debate cuando ocurre una tragedia.
“Se toca el tema cuando hay eventos como este que pasó ayer, pero luego pasan ocho días y luego el tema se olvida”, cuestionó.
A su criterio, el país debe dejar de reaccionar únicamente ante las emergencias y comenzar a atender las causas estructurales que mantienen a miles de familias viviendo en condiciones de riesgo.
Resolver el problema, sostiene, no depende únicamente de la municipalidad.
Se requiere la participación del gobierno central, el Congreso Nacional, el Poder Judicial, la empresa privada y las organizaciones sociales.
Pero Cárcamo advierte que la solución tampoco consiste solo en entregar viviendas.
“No sólo es la casa, recuerde que los seres humanos no se mueven por tener una casa, se mueven por medios de vida”, afirmó.
A su juicio, cualquier política de reasentamiento debe garantizar empleo, acceso a educación, servicios básicos y oportunidades económicas que permitan a las familias establecerse de forma definitiva.
Solo entonces, considera, será posible recuperar los bordos y convertirlos en parques lineales para evitar nuevas invasiones.
Mientras tanto, miles de familias continúan viviendo sobre estructuras diseñadas para contener las crecidas de los ríos, no para convertirse en barrios.
La tragedia de Esquipulas volvió a recordar una realidad que lleva más de cuatro décadas creciendo silenciosamente en el corazón de San Pedro Sula.
















