Por: José Eliécer Palomino Rojas
Al recorrer calles, parques, atrios de iglesias, pasillos de restaurantes, instituciones educativas y esquinas de la ciudad, se percibe que un fenómeno identitario está generando curiosidad y, al mismo tiempo, rechazo entre los jóvenes: los therians. Esta crónica analiza cómo la sociedad reacciona ante estas expresiones juveniles, reflexionando sobre prejuicios, dignidad y la necesidad de diálogo informado.
Al recorrer calles, parques, pasillos de restaurantes, atrios de iglesias, instituciones educativas y esquinas de la ciudad, uno percibe que las inquietudes juveniles cambian de rostro con el paso del tiempo. En estos días, en varias instituciones educativas, una palabra comenzó a repetirse con insistencia en los pasillos de los grados séptimo, octavo y noveno: Therians.
La curiosidad me llevó a preguntar. Las respuestas fueron rápidas, casi instintivas:
“Son jóvenes locos”, dijeron algunos estudiantes.
“En la casa deberían darles correa para que aterricen”, comentaron otros, al mencionar lo que, según ellos, opinaban sus padres.
Incluso hubo quienes afirmaron que si se exponían en un parque podrían ser agredidos.
En ese momento, fue necesario detener la conversación y recordar algo fundamental: ninguna diferencia justifica la violencia. Ninguna expresión identitaria merece agresión física o verbal. Antes de condenar, es necesario comprender.
El término therian se refiere a personas que expresan una identificación simbólica o espiritual con un animal. No implica desconocer su condición humana ni afirmar transformaciones físicas. Se trata de una narrativa identitaria que algunos jóvenes adoptan como parte de sus procesos de exploración personal.
La adolescencia es una etapa de construcción del yo, búsqueda de pertenencia y definición de identidad. Cada generación ha tenido sus propias formas de expresar esa exploración: movimientos culturales, estéticas alternativas, tribus urbanas. Hoy, en la era digital, esas búsquedas encuentran nuevos lenguajes y comunidades virtuales donde se comparten experiencias y significados.
Sin embargo, la identificación simbólica con lo animal no es un fenómeno nacido en internet. En culturas ancestrales existieron figuras chamánicas que hablaban de “animales de poder” como representación espiritual. En la mitología europea surgieron relatos del hombre lobo como símbolo de la dualidad humana.En tradiciones mesoamericanas, el nagual expresaba la conexión entre persona y naturaleza.
Incluso la Biblia narra un episodio notable: el rey Nabucodonosor II, castigado por su soberbia, vivió “como bestia del campo” durante un tiempo, adoptando hábitos animales, hasta que reconoció la soberanía de Dios. Más aún, en la iconografía cristiana, los evangelistas se representan con animales: Juan con el águila, Lucas con el toro, Marcos con el león y Mateo con el hombre o ángel. Esto demuestra que la conexión simbólica entre lo humano y lo animal también ha servido históricamente para expresar fuerza, visión, espiritualidad y enseñanza. A lo largo de la historia, lo animal ha sido un recurso simbólico para expresar dimensiones profundas del ser humano, desde enseñanzas religiosas hasta mitos y tradiciones culturales.
Lo que cambia hoy no es la existencia del símbolo, sino el escenario donde se manifiesta.
En algunos países, se han abierto debates públicos sobre estas expresiones juveniles e incluso se han planteado intentos de restringir determinadas conductas asociadas al fenómeno. Esto demuestra que no se trata solo de una conversación escolar, sino de un asunto que toca fibras culturales más amplias: identidad, límites, educación y convivencia social.
No existe consenso científico que clasifique la identidad therian como trastorno mental. Tampoco puede afirmarse que todos quienes se identifican así compartan las mismas motivaciones o experiencias. Reducir el fenómeno a enfermedad o a simple moda impide comprender su complejidad.
Pero si algo merece análisis crítico no es únicamente la conducta de quienes exploran nuevas formas de identidad, sino la reacción social que esas expresiones generan.
Cuando una sociedad responde con burla o insinuaciones de castigo físico ante lo que no comprende, revela más sobre su capacidad de diálogo que sobre el fenómeno cuestionado. La violencia, aunque sea verbal, no educa; solo profundiza la distancia.
Hace siglos, la tradición filosófica dejó una invitación exigente: “Conócete a ti mismo”, frase asociada a Sócrates. No era un llamado superficial a la introspección, sino una invitación al esfuerzo constante y atento de observar lo que pensamos, lo que sentimos y cómo actuamos en nuestras relaciones con los demás.
Tal vez esa invitación sigue vigente. Antes de reaccionar con descalificación, convendría preguntarnos: ¿qué nos incomoda, por qué nos incomoda y para qué reaccionamos de la forma en que lo hacemos? Con frecuencia, los seres humanos vivimos sin detenernos a autoobservar nuestras propias actitudes; en esa falta de conciencia podemos terminar legitimando maltratos o provocándolos sin advertirlo.
La diferencia puede y debe ser debatida críticamente. Puede analizarse desde la pedagogía, la psicología y la cultura. Lo que no puede convertirse es en motivo de agresión. La dignidad humana no depende de que comprendamos totalmente las experiencias de otros, sino de nuestra capacidad de tratarlos con respeto.
Entre aullidos y prejuicios, quizá la pregunta más urgente no sea únicamente qué está ocurriendo con ciertos jóvenes, sino qué tan preparados están los padres de familia, los docentes, los psicoorientadores y la sociedad en general para comprender, orientar y acompañar sin recurrir a la burla o la violencia.
Porque educar no es reaccionar impulsivamente ante lo que incomoda. Educar implica escuchar, analizar, dialogar y ofrecer herramientas críticas para que las nuevas generaciones construyan identidad sin perder su humanidad ni vulnerar la de otros.
Tal vez el desafío no esté solo en entender a los jóvenes, sino en examinarnos como adultos:
¿Estamos formando desde el respeto y la razón, o desde el miedo y la reacción?
Entre prejuicios y preguntas, quizás la tarea más urgente no sea corregir al otro, sino comprender mejor el tiempo que vivimos y, sobre todo, comprendernos a nosotros mismos.















