Tegucigalpa, Honduras. – La sequía que afecta a Honduras no termina en las parcelas donde se pierden los cultivos. Su impacto se extiende a los ingresos de las familias rurales, la capacidad de volver a sembrar, el abastecimiento de alimentos y los precios que finalmente pagan los consumidores.
El ingeniero Christian Manzanares, del Observatorio de Seguridad Alimentaria y Nutricional de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (OBSAN-UNAH), explicó que la pérdida de una cosecha debe entenderse como un golpe a toda la cadena productiva y alimentaria.
Cuando un productor pierde su siembra, también pierde ingresos, capacidad de compra y recursos para preparar el siguiente ciclo agrícola.
El señalamiento se produce en un contexto delicado. El OBSAN-UNAH ha advertido que 1.8 millones de personas ya enfrentan inseguridad alimentaria en el país y que esa cifra podría aumentar hasta 2.2 millones por la combinación de sequía e inflación.
Además, 233 de los 298 municipios de Honduras se encuentran bajo algún nivel de alerta por falta de lluvias, mientras 103 municipios permanecen en Alerta Roja.
Manzanares señaló que la vulnerabilidad del campo hondureño responde también a problemas estructurales. Entre ellos mencionó un campesinado envejecido, poco relevo generacional, baja mecanización y una reducida cobertura de sistemas de riego.
Según el especialista, apenas el 3 % de las áreas de explotación agrícola cuenta con riego, lo que significa que la mayoría de productores sigue dependiendo directamente de la lluvia para garantizar sus cosechas.
Esa dependencia vuelve más frágil la producción de granos básicos, especialmente en el Corredor Seco, donde ya se reportan pérdidas de hasta el 100 % en cultivos.
Entre los departamentos más afectados figuran Francisco Morazán, El Paraíso, Valle, Choluteca, Intibucá y La Paz.
El impacto también llega a los mercados. Una menor producción nacional puede aumentar la dependencia de alimentos provenientes de otras regiones o de las importaciones, justo cuando las familias ya enfrentan incrementos en el costo de vida.
Manzanares advirtió que muchos hogares han comenzado a ajustar su alimentación para resistir la crisis. Algunas familias reducen porciones, eliminan tiempos de comida o incluso uno de los padres deja de comer para asegurar alimento a sus hijos.
Para el OBSAN-UNAH, esta realidad demuestra que la seguridad alimentaria no debe medirse únicamente por la existencia de comida disponible, sino también por la calidad y el valor nutricional de lo que consumen las familias.
Aunque especialistas descartan por ahora una hambruna nacional, advierten que las comunidades más afectadas requieren atención urgente para evitar que la pérdida de cosechas derive en una crisis alimentaria más profunda durante los próximos meses.













