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Estados Unidos abrazó la psicodelia por segunda vez

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Tras medio siglo de prohibición, Estados Unidos está a punto de legalizar la psilocibina y el MDMA para su uso clínico en personas con estrés postraumático o enfermos terminales de cáncer. Científicos, pacientes, terapeutas clandestinos y veteranos de guerra hablan sobre las luces y las sombras de este renacer.

Por El País

Las cosas no iban bien para Marjorie Smith. La combinación de un diagnóstico de leucemia y un divorcio desem­bocaron en una depresión. Smith había leído en alguna parte que el uso de psilocibina, componente activo de las setas alucinógenas, funcionaba contra la ansiedad para pacientes como ella, así que le dijo a su oncólogo: “Si algún día hubiera uno de esos ensayos, cuenta conmigo”.

Ese día llegó. Se puso un antifaz, unos auriculares con música instrumental, tomó una dosis alta de la poderosa sustancia psicodélica y se recostó en un sofá. A la media hora tuvo un ataque de pánico; se sintió en una “caja negra” de la que quería salir a toda costa. El psicólogo que la acompañaba y que había participado en las sesiones preparatorias logró apaciguarla con ejercicios de respiración. La paciente se volvió a tumbar “y ahí empezó la aventura”. “El viaje, muy nítido, se dividió en tres capítulos”, recordó recientemente esta mujer de 60 años en un café del centro de Washington, “uno sobre mi familia, otro sobre la separación, y el tercero, sobre tener paciencia y ser tolerante”.

Obviamente, los alucinógenos no la curaron —“esta enfermedad me acompañará durante el tiempo que me quede”—, pero el tratamiento la ayudó a volver a ser “la de siempre”: “Una mujer positiva”. “Fue maravilloso” y “volvería a hacerlo”, cuenta ahora. Aunque prefiere, debido al estigma que aún rodea a esas sustancias, que sus padres o sus compañeros de trabajo no se enteren. Por eso, Marjorie Smith es un nombre inventado tras el que se esconde una protagonista inesperada del boom de las drogas psicodélicas en Estados Unidos. Tras medio siglo de prohibición, estas sustancias están viviendo una segunda juventud en un país azotado por una epidemia de problemas de salud mental, abuso de fentanilo y suicidios.

El sitio en el que Smith probó la droga “por primera vez” es una clínica del suburbio de Rockville (Maryland), al norte de Washington. Se llama Sunstone Therapies y aguarda en la tercera planta del hospital oncológico Aquilino Cancer Center, al que está asociada. En 2020 se convirtió en el primer lugar no dependiente de una universidad que recibió el permiso de la agencia del medicamento de Estados Unidos (FDA) para llevar a cabo ensayos clínicos con psilocibina, mientras llega la aprobación general para su uso médico, que se espera para este año o tal vez para el próximo. Las conclusiones de aquel primer estudio con 30 pacientes ―y sin grupo de placebo― se publicaron en la Revista de la Asociación Médica Estadounidense (JAMA) y fueron esperanzadoras: los participantes aseguraron que sentían menos miedo y algo parecido a la aceptación de su suerte.

Una mañana de agosto, los oncólogos Manish Agrawal y Paul Thambi abrieron las puertas del centro para contar su historia. Ambos son hijos de la emigración india. Recién licenciados, se conocieron trabajando en el Instituto Nacional de Salud, antes de pasarse a la práctica privada. El trato con pacientes con “el estrés propio del final de la vida” y la lectura de un estudio de 2018 que defendía que la psilocibina podría ofrecer a los enfermos de cáncer seis meses de alivio para su angustia existencial les convencieron de la necesidad de montar una clínica “de sanación mental”, donde también trabajan con otras drogas psicodélicas, como el ácido lisérgico (LSD), el MDMA, popularmente conocido como éxtasis, o el 5-Meo-DMT, la molécula tras la ayahuasca. “Llegamos a ser muy buenos luchando contra los tumores, pero la calidad de vida de esa gente es otra cosa, y no nos estábamos ocupando de ella”, dijo Agrawal.

Las instalaciones de Sunstone Therapies, que bautizaron como The Bill Richards Center for Healing en honor al psicólogo Bill Richards, son pulcras y modernas. Más parecidas a un spa que a un hospital. Costó construirlas 1,2 millones de dólares, que financiaron gracias a la filantropía. Cuentan con cuatro salas de terapia y una caja fuerte en la que guardan “las medicinas”. Los pacientes no pagan los tratamientos (cuyo costo asciende a miles de dólares); eso también corre a cargo de las donaciones. “Cuando hicimos el primer estudio, nos conmovió tanto la respuesta que decidimos dedicarnos a esto”, recuerda Agrawal.

Richards, de 84 años, no solo da nombre al centro; también trabaja allí. Hombre de amplia sonrisa, fue el último médico que en 1976 administró legalmente drogas psicodélicas a un enfermo de cáncer en el Centro de Investigación Psiquiátrica de Maryland, antes de que su uso fuera prohibido por las autoridades, como un daño colateral de la “guerra contra las drogas” declarada a principios de esa década por el presidente Richard Nixon. En una entrevista desde su casa en Baltimore, Richards recordó la “sensación de impotencia” al verse privado de una herramienta que consideraba beneficiosa para ciertos pacientes. Muchos pacientes: antes de ser proscritas, unos 40.000 estadounidenses tomaron en los años cincuenta y sesenta sustancias alucinógenas en entornos clínicos. Hoy, se calcula que hay en marcha más de un centenar de ensayos clínicos autorizados por la FDA para tratar dos docenas de enfermedades.

Richards entró en contacto con la psilocibina en 1963, cuando era estudiante de Teología en Alemania, donde empezó a trabajar con ella. “Cuando el Gobierno de Estados Unidos me ofreció una beca para tratar con LSD el alcoholismo, regresé. Después, esas drogas llegaron a las calles y Nixon declaró a Timothy Leary ‘el hombre más peligroso de América”. Fueron los años de la explosión hippy, y Leary, doctor en Psicología, había fundado a principios de los sesenta junto a Richard Alpert el Proyecto de Psilocibina de Harvard para documentar los efectos de este poderoso enteógeno natural en el cerebro de un puñado de voluntarios. Entre acusaciones de mala praxis, la universidad clausuró el proyecto, y ambos, desterrados de la academia, trasladaron su proselitismo a la cultura popular. De Leary, que acabó como prófugo de la justicia, es la famosa frase “Turn on, tune in and drop out” (enchufaos, sintonizad y fluid), que pronunció en 1967, año del Verano del Amor, ante unos 25.000 hippies en un festival en San Francisco.

Héroe de la contracultura o villano de la ciencia psicodélica, la prisa de Leary por hacer la revolución encarnó la psicosis de los padres de una sociedad en pleno cambio, cuyas autoridades alentaron la desinformación acerca de los estragos que esas drogas, contraindicadas para su consumo a la ligera, podían causar en sus hijos. Y así fue cómo la psilocibina, que venía usándose durante siglos en México con fines ceremoniales, y el LSD, molécula sintetizada accidentalmente en 1938 en Suiza por Albert Hofmann, acabaron en 1970 en el grupo de las sustancias de mayor peligrosidad junto a la heroína. A diferencia de esta, la probabilidad de morir de una sobredosis tras consumir LSD o psilocibina es extremadamente baja y hay pocas posibilidades de que provoquen adicción, según la agencia estadounidense de narcóticos (DEA), aunque son drogas que, tomadas en condiciones poco propicias o por personas con ciertos antecedentes psiquiátricos, pueden desembocar en experiencias traumáticas o en episodios maniacos o psicóticos.

Casi un cuarto de siglo después de que se prohibiera su uso terapéutico, Richards también estaba allí para asistir a su renacimiento. Junto al psicofarmacólogo Roland Griffiths, de la Universidad Johns Hopkins, en Baltimore, consiguieron la autorización en 2000 para volver a llevar a cabo un ensayo clínico con psilocibina. Sus resultados se publicaron en 2006 en un artículo científico sobre su potencial para provocar experiencias místicas. Está considerada la primera piedra del renacimiento de la ciencia psicodélica en Estados Unidos, que ha generado una considerable onda expansiva cultural y está a punto de lograr que la Administración apruebe el uso de la psilocibina en pacientes con problemas de salud mental, como ya hizo Australia el 1 de julio de 2023.

En medio de ese bum, el Centro de Investigación Psicodélica y de la Conciencia de la Universidad Johns Hopkins sigue siendo la gran referencia. Está escondido en un edificio de un campus al este de Baltimore, donde desarrollan experimentos sobre adicciones, depresiones graves o anorexia y tratan a pacientes con enfermedad de Lyme o de Alzheimer. Un contestador automático con incontables opciones corta el paso a quienes creen que allí aguarda la solución a sus problemas leves tras leer un artículo como este o ver uno de los documentales que le ha dedicado al tema Netflix (plataforma en la que son casi un subgénero).

La atención mediática es grande: hay agencias como Bloomberg con alguien dedicado a tiempo completo al tema, y todos quieren contar cómo Estados Unidos está abrazando la psicodelia por segunda vez. “Si dijéramos que sí a tantas peticiones de reporteros de todo el mundo, sencillamente, tendríamos que dejar lo demás”, se excusó durante una visita el pasado noviembre el psicólogo Albert García-Romeu, que trabaja en el centro de Baltimore desde hace una década. “Creo que hay mucho de moda en todo esto, como quien se apunta a la última dieta”, añadió. “Así funciona el mundo en el que vivimos, en el que la capacidad de atención es muy corta. Cuando [la psilocibina] reciba su aprobación para uso médico, parecerá menos sexy y, espero, las aguas se tranquilizarán”.

Esa moda que describe García-Romeu, junto a las esperanzas de que la terapia psicodélica represente la primera innovación psicofarmacológica de alcance masivo desde la irrupción del Prozac en los noventa, provocó que en 2022, según cifras oficiales, 1,4 millones de estadounidenses consumieran por primera vez esas sustancias sin supervisión médica (un 27% más que en 2018). La cifra es similar a la de quienes en ese periodo se iniciaron en el tabaco.

Ese mismo año, la publicación del estudio con psilocibina más amplio hasta la fecha —llevado a cabo por la compañía británica Compass Pathways, que, junto a la estadounidense Usona Industries, es la firma mejor posicionada para obtener la aprobación de la FDA— orientó el foco hacia los efectos adversos, incluidos los pensamientos suicidas, entre algunos de los pacientes que tomaron las dosis más altas. Aquello sirvió para armar de razones a quienes critican a los defensores de la terapia psicodélica por minimizar los riesgos para evitar que algo se tuerza en el camino hacia su legalización. Un camino por el que asoman otros obstáculos, por ejemplo, la codicia de la industria farmacéutica y sus subterfugios para patentar sustancias y prácticas de uso ancestral, la amenaza de banalización que representa el fenomenal negocio del bienestar, la posibilidad de que las conclusiones halagüeñas de los estudios preliminares se deban en parte a la exigente selección de los pacientes o el riesgo de que por su alto precio esos compuestos acaben ayudando solo a quienes en este país puedan pagarse un buen seguro.

Si en algo coincidió la veintena de científicos consultados en este reportaje es en advertir que estas drogas “no son para todo el mundo” y que es fundamental tomarlas con el asesoramiento necesario. También, que tanta expectación no es buena, y que muchos de los que acudan a ellas convencidos de que tendrán una experiencia transformadora pueden acabar, como poco, decepcionados. De momento, la agencia del medicamento publicó en junio un borrador de protocolo para ensayos médicos. Pretende ir unificando criterios antes de que estas sustancias puedan administrarse en clínicas privadas, como las que han surgido en los últimos años por todo el país para dar terapia asistida con ketamina, sustancia legal en Estados Unidos cuya reputación sufrió un revés al verse asociada recientemente con la muerte del actor de Friends Matthew Perry. Se trata de ordenar un tráfico cada vez más intenso y de evitar que terapeutas cargados de buenas intenciones hagan más daño que bien a los pacientes. También está sobre la mesa fijar los límites al contacto físico durante las sesiones, para evitar casos de abuso sexual.

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