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Neiva en el Río Grande de La Magdalena

Por: José Eliécer Palomino Rojas.

En verano de las fiestas de San Pedro, en el mes de junio, la tierra de bonanza, petrolera, arrocera, cafetera, la tierra amable, querondona, hospitalaria, la tierra de la tambora, el sanjuanero, el joropo, la chicha y la del bizcocho de la Achira, se viste de fiesta, para celebrar sus tradicionales fiestas de San Pedro y San Pablo ante propios y visitantes.

Después de largos recorridos de rondas sanpedrinas, buscando nuevas reinas populares y departamentales que luego desfilarían por las caudalosa aguas y enredaderas frescas del Río Grande de La Magdalena, para expresar la alegría de los opitas, llegamos hasta la corriente serena de la represa de Betania, un poco más adentro de las tierras hermosas en los municipios de Campoalegre, Hobo y Yaguará, con su atractivo turístico de deportes náuticos, pesca, paraíso de ensueños y de descanso, adornadas con llanuras de cultivos de maíz, algodón, y café, donde muy seguro encontrar gente de variadas edades, algunos prendidos por el fósforo de los ricos sancocho de pescados recogidos de la subiendas o por el licor fermentado de la chicha, guarapo o el anís, con sus sonrisas amables y miradas picarona, los hombres, adornados con su trajes típicos, sombrero, rabo de gallo de color rojo, alpargatas, pantalones blancos, y las mujeres con faldas largas, alpargatas y diadema con rosas, que adornaban sus cabelleras recogidas con diferentes peinados. Así corrían a las balsas aseguradas con bejuco de junco, canoas o chalupas de motor a gasolina, para ofrecer a propios y visitantes los manjares de comida de tamal huilense, chicha, guarapo, lechona, bizcocho de maíz, de achira, con sus rostros llenos de amabilidad, alegría y hospitalidad que contagian a los visitantes.

Entre los caudales de agua turbia, le gustaba a las opitas llevarme en su chalupa de motor a gasolina, por la tarde río abajo en medio de la algarabía de los loros pericos escoberos, garzas, peces que saltaban de un lugar a otro con sus aletillas, en son de saludar a los turistas que navegaban por las aguas del Río de la Magdalena. 

Por allá a lo distante de una de las ribera del Río de la Magdalena, se encontraba anclado el monumento a la Cacica La Gaitana, levantado al terminar del malecón de la hermosa Neiva, capital del Huila, el monumento de La Gaitana, ofrecía una cultura ancestral, como homenaje a una heroína conocida como “Guatipán” símbolo de rebeldía y de resistencia ante el dominio español de anteriores épocas, la cual tomando acción justiciera por sus propias manos, parece que llevó a la muerte al conquistador español Don Pedro de Añasco.

Entonces mientras navegábamos por las aguas dulces de La Magdalena, movíamos las manos para despedirnos con sonrisas en medio de coplas de rajaleñas, ante la mirada de los pescadores quienes extendían los chiles, o redes sobre las aguas a veces de color ocre, para recoger las cosechas de peces de bocachico, micuro, cucha, bagre etc. 

Lo que menos quisiera es que, nunca sus pobladores dejaran ahogar ni asfixiar, las hermosas aguas de la Magdalena, con residuos sólidos de enlatados, basuras, desechos líquidos de las cercanas empresas, para que no produzca aflicción a los moradores opitas, no quiero que sus aguas se reduzcan a una mera afición, de espectáculos de reinados de belleza, ni a mera campañas de limpieza, sino que en todo momento sus habitantes se vuelvan guardianes, protectores de sus vitales recursos, y del recorrido de las aguas del Río Grande de La Magdalena, para que al pasar de los tiempos, los espíritus de los personajes mitológicos de la Patasola, el Poíra, el Mohán, la Madremonte, se perciban sentados en el imaginario de los opitas, de las piedras o arbustos que adornan el recorrido de sus aguas, para que los huilenses continúen celebrando sus tradicionales y hermosas fiestas sanpedrinas en los tablado populares, conchas acústicas, y de los estadios, en los tiempos de mayo y junio, en medio de alborada, olor a lechona huilense, tamales, chicha, guarapo, sonidos de tamboras, tiple, guitarra, maracas, rajaleña, y tener en cuenta que, aunque sus pobladores mayores lleguen a su fin, por haber cumplido el ciclo de vida, quede el legado a las generaciones venideras la chispa de la alegría, del movimiento y el coqueteo al danzar el sanjuanero o el joropo al son de las notas musicales del Sanjuanero Huilense.

“Péguese la Rodadita” Neiva – Huila los espera, con las puertas abiertas de sus corazones  acogedor, amable y hospitalario.


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